A pesar de todo, hay que creer

A pesar de todo, hay que creer

La gran condena de los mexicanos es la mentira. No hay casi suceso que no despierte sospechas y no puede ocurrir tampoco acción alguna que no haga pensar en un engaño. Mentimos por costumbre y por principio. Pero esta adicción a la falsedad nos trasforma fatalmente en una raza de gente esencialmente desconfiada. Y así, nada es lo que es, todo es resultado de enredosos arreglos y no puede haber jamás interpretaciones simples, y lógicas, de la realidad.

Nuestra naturaleza evasiva facilita ciertamente la convivencia —solemos rendir al prójimo un trato ceremonioso de prometedoras amabilidades— pero revela, al mismo tiempo, una profunda incapacidad para afrontar las cosas con la entereza del que está dispuesto, desde un principio, a vivir las consecuencias de sus actos. Somos, de tal manera, conciliadores de oropel pero en el fondo nos oponemos a casi a todo porque nada nos convence.

Llevamos sobre el lomo una larga historia de embustes: las elecciones eran fraudulentas, los ricos eran pillos, los políticos robaban, los extranjeros saqueaban el país, los pobres eran irremediablemente haraganes, los curas se amancebaban en fin, no había ámbito de la vida nacional que pudiera salvarse de la deshonestidad. Hoy mismo, la clase gobernante sigue estando bajo sospecha, Carlos Slim se ha enriquecido porque le quita dinero a millones de mexicanos, Felipe Calderón es un presidente “espurio”, los narcos controlan por igual a empresarios y politicastros, la Federación del balompié celebra oscuros maridajes con las televisiones, etcétera, etcétera, etcétera.

Lo peor, sin embargo, es que muchos de estos cuentos tenebrosos son ciertos. Miren, para mayores señas, los precios inflados de las medicinas que compra el sector público y la escandalosa impunidad que el “sistema” sigue garantizando a los multimillonarios líderes sindicales, auténticos intocables; miren, también, los tráficos de terrenos y las licitaciones amañadas y todos esos comercios, realizados en la sombra, de los que no podemos siquiera imaginar la maña con que han sido concebidos.

Ahora bien, una sociedad que no cree, que vive en la más persistente desconfianza, es una sociedad que no puede crecer ni evolucionar. Pero, no sólo eso: estamos viendo, por el contrario, una preocupante involución, un retroceso en la vida pública del país. La idea misma de la democracia, por ejemplo, no parece convencernos a los habitantes de México. Teníamos ya un organismo ciudadano, el IFE, absolutamente ejemplar en todos los sentidos; habíamos logrado, al mismo tiempo, ciertos niveles de certidumbre en lo que se refiere al desempeño de las instituciones y una participación muy saludable en los procesos de ciudadanización. Ha ocurrido, por desgracia, un movimiento de “restauración” del antiguo orden, por así decirlo: luego de la embestida del Congreso, las autoridades electorales son menos autónomas y, encima, se ocupan de asuntos que no les corresponden; amplios sectores de la comunidad “artística e intelectual”, azuzados —e hipnotizados— por un mal perdedor, descalifican pura y simplemente la validez de nuestro sistema democrático; se cuestiona y se critica la práctica totalidad de lo que se hace en la nación; y, finalmente, se desconocen los aciertos que han tenido lugar en los últimos tiempos y se fomenta, así sea de manera inconsciente, un clima de lúgubre pesimismo.

La oposición debería, en este sentido, reflexionar sobre el país que le tocará gobernar en 2012. Porque, señoras y señores, si ahora propiciamos el descrédito total de lo público —de las instituciones, de los organismos y de los procesos— entonces la llegada del próximo salvador de la patria va a tener consecuencias verdaderamente intrascendentes. El siguiente presidente de la República, en el país de la mentira programada, será un personaje irremediablemente marcado por las mismas sospechas de siempre y estará atado de manos: no tendrá organismos confiables para trabajar.

Los mexicanos mentimos mucho. Pero tenemos que aprender a creer que los otros sí dicen, a veces, la verdad. O, por lo menos, otorgarle una voto de confianza a las instituciones. Aunque no queramos admitirlo, no todo está podrido en el reino.

Roman Revueltas Retes/mileniodiario

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