¡¡¡Gooool!!!

¡¡¡Gooool!!!

La honra de un pueblo, el futuro del país, pero también cosas más mundanas, aunque no menores, como la felicidad conyugal, estarán, a partir de mañana, depositados en los botines de once jugadores. A tono con el humor colectivo, el cardenal Norberto Rivera le pide a la Santísima María de Guadalupe que los ampare.

Si vivieran, los héroes de distintas geografías y de otros tiempos habrían dejado para el bronce, perdón, para la crónica deportiva, frases como estas: ¡Mi fortuna por un gol!… Va mi bola en prenda, voy por ella… Sudáfrica bien vale una misa… ¡El futbol es primero!

Cuauhtémoc, pero no Cárdenas ni, mucho menos, el último emperador azteca, sino Blanco, están en el centro del debate. Javier Aguirre, el director técnico —personaje que tiene su corazón en España, pero su alcancía en un país jodido— será héroe o villano según el desempeño de su equipo: si se acerca a la gloria o si sus integrantes regresan, otra vez, como los “ratoncitos verdes”.

En estos días de fiebre futbolera, los estados de ánimo transitan, en los minutos que dura un partido, de la expectación y la esperanza a la frustración y la tristeza o, caso raro pero no imposible, al orgasmo colectivo. A las derrotas ante Inglaterra y Holanda le siguió el triunfo sobre Gambia, un pequeño país africano, en el que la dictadura que lo gobierna persigue a los homosexuales (¡los amenaza con cortarles la cabeza!); una nación de un millón setecientos mil habitantes, es decir, menos que los que pueblan la delegación Iztapalapa y en el que el promedio de vida de sus habitantes es de 54 años. Podemos, incluso, vencer a la campeona selección italiana que, dicen los que saben, no expone a sus jugadores en un juego de prácticas, pero la verdad verdadera comienza mañana.

Y todo o casi entra en suspenso. De pronto, como por un hechizo colectivo, los otros temas: los 49 niños muertos y los afectados de por vida de la guardería ABC, sin que hasta la fecha haya un solo responsable en la cárcel; el secuestro de Diego Fernández de Cevallos; los intentos gubernamentales por regresar a tiempos idos frenando las resoluciones del IFAI con un tribunal dependiente del Ejecutivo; el turismo parlamentario y el envío a la congeladora de iniciativas que reclaman respuestas prontas; los daños a una puerta centenaria de la Secretaría de Educación Pública por vándalos con nombramiento de profesores; el avance perturbador del derrame de crudo en el Golfo de México; el patrimonialismo de la clase gobernante, sobre todo en los estados… parecen temas distantes, inocuos, prescindibles. El futbol copa todos los espacios. ¡Viva el futbol!

El mundo, esfera al fin, se convierte en un balón de futbol. Todos son expertos y aplauden o reprueban los criterios y las directrices del director técnico de la selección nacional. En estos días las esposas devienen las viudas del futbol; baja la productividad en las empresas y en las aulas; la Presidencia de la República consulta si el Presidente Calderón debe o no asistir al partido inaugural en Sudáfrica y sí, estará en el partido inicial. Otros políticos, menos visibles, buscan pretextos para escaparse, algunos ya andan por allá.

El futbol generará daños colaterales en algunas instituciones. Los directivos de la Comisión Federal de Electricidad, “empresa de clase mundial”, recibirán atentos recordatorios a su mamacita cada vez que se vaya la luz mientras se juega un partido de la selección mexicana. Calderón será culpado si las cosas le salen mal a nuestros seleccionados, no faltará quien diga que les llevó mala vibra, que les echó la sal.

Los teóricos de la construcción nacional (nation building) advierten que el sentido de identidad o de pertenencia a una nación reclama, al menos, comunidad de territorio, de lengua, de cultura e historia y, también, muy importante, la comunidad de enemigos. Les faltó un elemento: el futbol. La pasión futbolera es un ingrediente indispensable en la identidad nacional. Los resultados favorables pueden inflamar el patriotismo, a algunos —exaltados por cronistas deportivos— los lleva casi al paroxismo.

Cada triunfo de la selección mexicana (ojalá haya muchos), llevará a multitudes a concentrarse en torno la columna a los héroes de la independencia. El Ángel será momentáneamente expropiado por un pueblo urgido de buenas noticias. La afición por el futbol es democrática, atraviesa todas las clases sociales y también los géneros (cada vez hay más mujeres aficionadas). ¡Sembremos canchas de futbol en las barriadas y en los ejidos y entreguemos balones a los niños y jóvenes antes de que las mafias les entreguen pistolas y armas de asalto!

Y una cosa más, cómo me gustaría que en las próximas horas, la selección mexicana derrotara a la de Sudáfrica, no importa que sea de mala educación poner en mal al anfitrión en el encuentro inicial; no importa que la porra mexicana reciba abucheos y cosas peores en Johannesburgo… Para los desempleados y para quienes tienen trabajo… para aficionados y legos, como el que escribe, un triunfo sería como una brisa refrescante.

Alfonso Zarate/eluniversal.com.mx

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