Pobres..

CARMEN RIGALT

ESTAMOS en crisis, pero nadie menciona a los pobres. Me llegan historias de gente que no tiene para pagar el alquiler de la vivienda, familias desahuciadas, jóvenes en constante estado de ansiedad, abuelos con el síndrome de Diógenes pegado al alma. Objetivamente son pobres, pero la sociedad se limita a presentarlos como víctimas de la crisis. Una vez más, el lenguaje juega con trampas.

Pobres..

Una cosa son los pobres de solemnidad (catalogación de posguerra) y otra, la gente sin recursos (expresión acuñada en el último cuarto de siglo, en plena efervescencia del eufemismo). Los primeros están asociados al hambre de la guerra, cuando la escasez de pan blanco generó una neurosis que hizo mella en todas las capas de la sociedad. Hasta los aristócratas urbanos morían por un churrusco de pan.

Un día yo fui pobre, aunque entonces apenas me daba cuenta, pues mis mayores, para evitarme el trago, no hicieron uso de la palabra ni me privaron de lo que para ellos era sustento de la dignidad: los trajes nuevos, el colegio religioso, los juguetes de reyes, todo eso. Mi madre, que no había conocido las cartillas de racionamiento, aprendió trucos para racionar la comida sin que los hijos lo notáramos. De pronto, los filetes de ternera se convirtieron en manitas de cerdo y la menestra de verduras, en pencas rebozadas. Mi madre sustituía la seriedad de la tajada por la alegría de la guarnición, y así siempre teníamos el estómago contento.

Digo, pues, que yo no me consideraba pobre, como hoy tampoco me considero rica. Nunca he asociado mi situación económica a la felicidad o la desdicha del momento. Ni de chica era desgraciada ni ahora soy especialmente feliz. Las primeras ideas que tuve de la pobreza me llegaron en forma de imágenes ajenas. Una vez, fuera de España, vi un tenderete callejero donde vendían piezas dentales usadas (el pobre no es el que no tiene dientes para masticar sino aquel que se siente obligado a llevar dientes usados para equipararse a sus congéneres).

Pobres..

Últimamente proliferan los negocios de compra de oro. En cualquier esquina surge un hombre anuncio que nos invita a despojarnos de la medalla de la Virgen del Rocío en una balanza. El oro familiar es un botín de recuerdos tristes: broches rotos, pendientes desparejados, cadenas de primera comunión huecas. Y, sobre todo, dientes de oro. Hubo una época en que hasta los pobres usaban dientes de oro. Hoy, gracias a esos dientes de oro, muchos de ellos pueden masticar filetes.

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