Odio: frontera invisible

Odio: frontera invisible

En el mundo aumentan las tensiones sociales por razones étnicas. Los grupos que atacan a las minorías son cada vez más notorios, están dejando la clandestinidad para incorporarse a la política, para propagar mensajes de odio y racismo. Partidos populistas de derecha —que exaltan el nacionalismo y culpan a las minorías y los inmigrantes por los problemas— ya lograron escaños en algunos parlamentos de Europa mientras que el estado norteamericano de Arizona promulgó una ley antiinmigrantes que vulnera los derechos civiles de las minorías en Estados Unidos.

En Europa crece la intolerancia que amenaza con convertirse en una nueva “cortina de hierro”. Los políticos insisten en señalar a las minorías como responsables de los problemas nacionales. En Europa Occidental los “chivos expiatorios” son los musulmanes. En Europa del Este son los roma (subgrupo de los gitanos romaní), los judíos y los homosexuales.

Otros ejemplos preocupantes: durante 2008, en Italia se aprobó una ley que pretendía resolver “el problema de los campamentos gitanos” con un censo para identificar número de campamentos y habitantes por cada uno, en mayo de ese año varios campamentos gitanos en Nápoles fueron quemados; en los Países Bajos, Geert Wilders logró una victoria electoral apoyado en un discurso “antimusulmán”.

Si bien el partido Fidesz puede ser identificado como radical, no podemos dejar de lado que está afiliado con el European People’s Party de centro-derecha, donde también se agrupan: el Christian Democratic Union Party de Angela Merkel, el Union for a Popular Movement de Nicolas Sarkozy en Francia, y los partidos dirigentes conservadores en Suecia, Italia y Bélgica.

En noviembre de 2009, los electores suizos decidieron apoyar una reforma constitucional para prohibir que se construyeran minaretes —las torres de las mezquitas—, esto es como si a una comunidad católica se le impidiera por ley, en un país donde es minoría, construir campanarios, hacer peregrinaciones o cualquier demostración pública de su fe.

Del otro lado del mundo, hace una semana fue promulgada la ley SB1070. Esta ley es cuestionable por muchas razones:

1) Violenta la libertad de ciudadanos norteamericanos —con características físicas semejantes al “arquetipo” de ilegal— para moverse dentro del territorio de Arizona, es decir, en su propio país.

2) Como Amnistía Internacional señaló en un comunicado, la protección contra detenciones arbitrarias es parte de los derechos humanos universales, debe aplicarse a los migrantes.

3) La ley SB1070 desincentiva el turismo, el trabajo y los negocios de mexicanos en Arizona. Legales o no, los inmigrantes pagan impuestos, gastan en la entidad y participan en la generación de riqueza. El Centro de Investigación Económica y de Negocios de la Universidad de Arizona estimó que en 2008 los mexicanos gastaron unos 7.3 millones de dólares diarios en Arizona.

El odio a lo diferente, a lo que no reconocemos como parte de nosotros está presente a pesar de millones de muertes que estas ideas han costado. Hemos abierto las fronteras para el tránsito de mercancías, de dinero, de ideas y tecnología, sin embargo queremos mantener las fronteras “impermeables” a otros seres humanos.

Pero la realidad es que no somos tan diferentes como a veces quisiéramos pensar. Los genetistas consideran al Homo sapiens una especie pequeña, lo anterior por su poca variación genética. Se han encontrado más diferencias genéticas entre chimpancés que entre seres humanos. Numerosos estudios concluyen que las diferencias físicas son en buena medida respuesta de la evolución a los problemas de supervivencia y reproducción que el medio plantea.

El odio étnico es una frontera que cada individuo lleva dentro de sí, a donde vaya la lleva consigo. Es momento de destruir la verdadera frontera: “no al odio al otro”.

aroemer@podercivico.org.mx

Andres Roemer/eluniversal.com.mx

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