Muy inconformes y muy rabiosos

Muy inconformes y muy rabiosos

Vivimos tiempos marcados por la ferocidad de los juicios, la cultura del todo o nada, el oposicionismo a ultranza y el absoluto rechazo a cualquier forma de conciliación. México se ha vuelto el territorio privilegiado de la intolerancia y el agravio. Cualquier toma de posición sobre el asunto más nimio provoca una avalancha de improperios y el mero hecho de asumir una postura despierta la rabia de unos antagonistas aquejados, encima, de quejicoso victimismo.

Este país no conoce la normalidad porque todo es motivo de sospecha y nada es lo que parece. Y así, no puede ocurrir un accidente extraño sin que deba ser un asesinato y tampoco puede tener lugar un simple asesinato porque tiene que resultar obligadamente de una conspiración; no se puede instaurar el famoso horario de verano sin escuchar todas clase de jeremiadas (algunas verdaderamente asombrosas como la denuncia de que ese cambio de una hora, una nada más, afecta seriamente al organismo humano); no pueden personarse en el territorio patrio los agentes del FBI porque ello representa un atentado a la “soberanía”; no puede Joaquín Sabina lanzar una inofensiva opinión sin armar descomunales revuelos; y tampoco puede el presidente de la República viajar, como tantos de sus homólogos, a la inauguración del Mundial de futbol porque “tenemos muchos problemas en México” (como si una cosa tuviera que ver con la otra y, además, como si no ir a Sudáfrica resolviera, de un plumazo, los colosales apuros que afronta la nación).

Existe, eso si, un tema sobre el que se puede hablar sin mayores problemas de conciencia y que, a la vez, debiera dominar la agenda de la opinión nacional: la pobreza. Es cierto que representa una gran vergüenza para todos —y, a la vez, supone una gravísima acusación para el sistema político, y económico, que no ha logrado resolverla— pero México no es solamente un país pobre: es también una potencia industrial, un destino turístico importantísimo, un socio comercial privilegiado de la primera economía del mundo y un territorio habitado, mayormente, por una clase media en expansión.

Lo más curioso es que digerimos también, como si nada, las realidades más inauditas: las autoridades sanitarias de muchos estados de la Federación han comprado medicamentos a precios de escándalo y no hay sanción alguna para ese atraco en despoblado; las injusticias —perpetradas, justamente, por el aparato de justicia— son descomunales; y, en general, la ausencia de una verdadera normalidad es doblemente llamativa en un país que respinga ante el más mínimo intento de organizar las cosas (vean, si no, la que se armó con el registro de los teléfonos celulares).

Perdemos nuestras energías, pues, en pequeñas indisciplinas y desobediencias ciudadanas y, al mismo tiempo, nos acomodamos a los abusos más extremos. ¿Es entendible que nos parezca natural que un obrero no pueda afiliarse libremente al sindicato de su elección —y que corra el riesgo, encima, de ser despedido por órdenes directas del sindicato “único” sin que su patrón pueda hacer nada por defenderlo— y, a la vez, que organicemos “movimientos” de resistencia, huelgas costosísimas para la sociedad entera, si, por ejemplo, las autoridades de la UNAM proponen que paguen colegiaturas los estudiantes que sí pueden pagarlas? ¿Nos movilizamos cada vez que alguien quiere construir una estación de servicio en el barrio —o un puente o un centro comercial o lo que sea— y no salimos a la calle para votar o para exigir los cambios de fondo que verdaderamente importan?

Hemos canalizado muy mal nuestra inconformidad: la protesta ciudadana es una de las prerrogativas de la democracia pero aquí la hemos reducido a un asunto de bloquear avenidas con los pretextos más espurios; hemos, de la misma manera, confundido el ejercicio de la autoridad con el autoritarismo y dejado de reconocer la legitimidad intrínseca que tienen los actos de gobierno cuando van dirigidos a garantizar cuestiones tan elementales como el mantenimiento del orden público; pero, eso sí, vociferamos si el presidente nos anuncia que va a emprender un viaje para estar en un escenario donde, por una vez, México será un protagonista absoluto.

Por cierto ¿es importante el futbol? Yo diría que es importantísimo. El Producto Interno Bruto de Francia creció en la ola de euforia nacional causada por el triunfo de su Selección en el Mundial. Pues  eso

Roman Revueltas/mileniodiario

revueltas@mac.com

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