México: una fábrica de delincuentes

México: una fábrica de delincuentes

A estas alturas, podemos preguntarnos: ¿la sociedad mexicana produce más individuos antisociales o la desatada delincuencia que padecemos se debe a que el Estado es incapaz de asegurar el castigo de los infractores? Dicho de otra manera ¿la posibilidad de purgar una pena de prisión tiene un efecto disuasorio en aquellas personas predispuestas a cometer un delito, independientemente de su condición moral y sicológica, mientras que la perspectiva de la impunidad propicia una natural multiplicación de las conductas criminales?

Vivimos, en este país, las consecuencias de una muy perniciosa combinación de factores: la terrorífica descomposición de la moral pública y la ausencia de un sistema de justicia que brinde certezas jurídicas a los ciudadanos. El castigo —es decir, la expresión más extrema de la necesidad de poner un límite a los comportamientos perjudiciales— debe ser, en todo cuerpo social, una realidad creíble y lo suficientemente probable como para que la comisión de un crimen signifique un riesgo personal. Pero, si las penas y los correctivos estuvieran asegurados ¿es deseable vivir en un universo carcelario, en un mundo de prisiones y prisioneros? El ejemplo de Estados Unidos, en es sentido, es verdaderamente estremecedor: de todas las naciones democráticas del planeta, es la que más personas tiene encarceladas, algo así como dos millones de seres humanos. Los números, en Europa, son incomparablemente más reducidos. Lo cual nos lleva a plantear otra cuestión: ¿algunas sociedades fabrican más criminales que otras? Y esto, de paso, nos hace preguntarnos si México —ese escenario de robos, secuestros, extorsiones y asesinatos— es, precisamente, una nación productora de delincuentes.

Lo que nos queda claro, por lo pronto, es que no castigamos los delitos. La impunidad, aquí, es absolutamente escandalosa. Antes de ese desenlace final, sin embargo, está la realidad misma del criminal, su presencia como una amenaza directa para millones de personas que viven enjauladas en sus casas, que son robadas cuando van al trabajo, que sufren secuestros, que son atracadas en las carreteras, que ya no salen por las noches y cuya percepción del mundo está determinada por un angustioso, y permanente, sentimiento de inseguridad. Y es aquí, en esta dramática circunstancia nacional, donde los números adquieren una significación muy comprometedora para la sociedad mexicana en su conjunto. Porque, de pronto, nos encontramos rodeados de delincuentes: leemos, en los diarios, que todo aquello que se pueda robar —las alcantarillas del drenaje público, los cables de la electricidad, el petróleo que corre por las tuberías, los rieles de los ferrocarriles, los equipos de cómputo de las escuelas, los aparatos de los gimnasios municipales, etcétera, etcétera, etcétera— es robado. Seríamos, pues, una nación de rateros. Ahora bien ¿cuándo ocurrió todo esto, cómo hemos llegado a esta situación, por qué somos así?

Es evidente el fracaso de las instituciones: la escuela, la familia, la Iglesia y el Gobierno. Y son muy visibles, también, las consecuencias de este derrumbe: los valores morales no se han trasmitido: no importan, no cuentan y no se registran siquiera como algo indispensable para llevar una existencia deseable. La crisis económica no es comparable a la crisis de valores y suponer que la pobreza lleva a la criminalidad es, de hecho, una acusación hacia los pobres formulada a partir de los prejuicios.

México: una fábrica de delincuentes

La tarea, por lo tanto, es colosal. Se trata de trabajar con un elemento muy elusivo y poco moldeable cuando ya ha trascurrido el tiempo: la interioridad de las personas, sus rasgos, su moralidad particular y su percepción del bien y del mal. Es tal vez muy fácil corromper a un pueblo —o, mejor dicho, pervertir a un porcentaje lo suficientemente grande de ese pueblo como para que el resto de la gente se sienta amenazada— pero es muy difícil purificar a una sociedad. Y, aunque el término tenga resonancias religiosas, a México le hace falta una gran cruzada purificadora para recuperar los valores de la convivencia civilizada. Ayer, en la autopista, miré a un policía federal que arrojaba un envase de plástico al arcén. Tan sencillo como guardar la basura en una bolsita en el asiento trasero pero al tipo, por lo visto, ni le pasó por la cabeza. Tenemos así un país rebosante de basura, un país lleno de desperdicios. Alguien vendrá y me dirá que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Pues no. La falta de civismo es una infracción universal: si comienzas ensuciando tu país es mucho más probable que termines hundiéndote con él en la inmundicia. Nos acomodamos, durante décadas enteras, a los delitos menores. Y, ahora, miren ustedes dónde estamos.

Roman Revueltas/mileniodiario

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