Maldita música obligatoria

Maldita música obligatoria

Maldita música. Está en todas partes y sonando siempre. Es una imposición a la que no puedes escapar: te la pone el chofer del taxi a todo volumen; te la endosan en los supermercados y en los restaurantes; la corrompen los mercaderes que colocan estrepitosos altavoces en las esquinas, en las calles peatonales, en los estacionamientos de los centros comerciales, en las plazas y en cualquier lugar frecuentado por gente que, curiosamente, parece acomodarse perfectamente a la tortura. Porque, señoras y señoras, eso es precisamente lo que es la música obligatoria: un suplicio, un tormento, un desquiciante allanamiento de la soberanía personal, una violación intolerable de un derecho, el del silencio, que por lo visto no existe en este país y que a nadie le interesa garantizar.

Ya he hablado de esto pero cada vez estamos peor, cada vez hay menos lugares apacibles en el territorio público de esta nación, cada vez es mayor la invasión de los decibelios y cada vez se tolera más este insoportable abuso. El jardín de San Marcos de Aguascalientes solía ser un pequeño y maravilloso oasis: llegabas cualquier mañana, te sentabas en un banco y escuchabas el rumor del viento por las ramas de los árboles o los cantos de los pájaros. Pues, ya no: alguien decidió poner bocinas en lo alto del quiosco principal que vomitan, imparablemente, melodía tras melodía, canción tras canción, así, aunque no quieras y no te guste el repertorio. Pero, que quede claro, no es tampoco asunto de preferencias: Mozart y Beethoven, a la fuerza, terminan siendo tan insufribles como los Tigres del Norte. El problema no es la selección de las obras sino la obligatoriedad de los sonidos, el hecho de tener que soportar una imposición tan arbitraria como bárbara, y, desde luego, el quebrantamiento de tus derechos.

Había otro santuario del silencio: el jardín Juárez, en Guanajuato. Pues tampoco: ya colocaron altavoces en las ramas de los laureles, por toda la plaza. Y te fastidian, sin respiro, con música, música y música. Qué jodidos estamos. De veras.

Roman Revueltas Retes/mileniodiario

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