Los informales

 

Los informales

Nunca he estado en la Cuba socialista. Estuve en la otra, la de Batista, cuando era niño. Cuando era niño yo, no Batista. Dicen que entonces la isla era el burdel de los gringos, pero yo no pude ni constatarlo ni disfrutarlo. Hoy también dicen que es un burdel, pero los que no pueden ni constatarlo ni disfrutarlo son los gringos.

Espero que haya usted, cinéfilo y éufilo lector, visto la excepcional cinta ¿Quién diablos es Juliette? del mexicano-argentino Carlos Marcovich. Si no, alégrese. Ese goce le espera. Le espera si la encuentra usted. Esperemos que sí. Si no en los videoclubes, sí al menos en Torrent o en alguna otra de las numerosas bases de películas en internet. No, si al final vamos a tener que conceder que el progreso también posee su lado luminoso, aunque no sea más que la uñita de un cuarto decreciente tardío.

Juliette es una jinetera real. Así llaman en Cuba a las putas para turistas. La propuesta de Marcovich es una larga entrevista con la adorable Juliette sobre su vida e ideas, sostenida con bellas y sugerentes secuencias de la actividad cotidiana en La Habana. Todo ello se contrasta con su imagen especular, la de una joven mexicana clasemediera, y sus circunstancias.

El mérito principal del director es el de no caer en el panfleto. Su delicado funambulismo es una proeza circense que no se convierte en absoluto en un alegato anticastrista, pero tampoco en una apología del régimen cubano. ¡Era tan fácil caer en uno o en otro barranco! Cuba no es un paraíso, pero tampoco, de ninguna manera, un infierno.

Tuve la oportunidad de conocer a Carlos Marcovich y de platicar con él. Le pregunté si el nombre de la protagonista quería aludir a la obra del divino Marqués, y sorprendido me dijo que no, que ese era su nombre real: Yuliet, y que no lo había pensado. Ambos, asombrados, celebramos la feliz coincidencia.

Nunca estuve en la Cuba socialista. Pero sí viví ocho años en la Rumanía socialista. Una como Cuba, pero sin palmeras. Pero con putas también. Ahí las llaman curve, que de alguna manera debe venir de cur, culo. A diferencia de sus colegas caribeñas, no tienen malecón, por el cual pasear y exhibir sus encantos. Deben conformarse con la hermosa, arbolada y frecuentada por turistas, Avenida de la Victoria. También frecuentada por policías, que también van tras ellas.

La cosa es que ni en una ni en otra hay lo que acostumbramos a llamar, sin pensar demasiado lo que decimos (si piensa uno demasiado acaba no diciendo nada) “libertad de prensa” o “libertad de expresión”, que viene a ser lo mismo. Cuando la expresión no pasa por la prensa, escrita o hablada, se diría que carece de importancia política.

Sin embargo la cuestión resulta más complicada. En Cuba tienen “Radio Bemba”, método primitivo y maravillosamente efectivo de hacer correr noticias, opiniones y engañifas. Y chistes. Docenas, cientos de chistes. Todos ellos, por supuesto, contra el régimen. Llegué a saber, y obviamente a contar, muchísimos.

La única manera de recordar los chistes es contarlos. La inolvidable mesera de Los negros pájaros del adiós del no menos inolvidable Óscar Liera, dice en un momento dado: “De los chistes yo sólo recuerdo la risa que me dan”. Incluso, hace años, participé en una mesa redonda acerca de las sociedades socialistas, junto al gran y malogrado periodista Djuka Julius, que convirtió la Sección Internacional de Excélsior, que durante años dirigió, en la mejor de México y balnearios circunvecinos. Y quise, en homenaje a los ciudadanos de esos pueblos, limitar mi intervención a contar chistes. Como veinte conté. Cosa que no fue del agrado de todos, a pesar de las carcajadas de la sala.

Dicen que el canal Danubio-Mar Negro fue construido, según el modelo del Volga-Don, por presos políticos. A un ilustre visitante, el guía le explica: “Los que están trabajando la margen derecha fueron condenados por contar chistes políticos. Los que trabajan la margen izquierda por haberse reído”. El forastero pregunta: “¿Y los que cavan en el centro del cauce?”, “¡Ah!, esos han sido castigados por no participar en la vida política del país”.

De todos modos, la posibilidad de hacer pasar críticas al sistema existía, y en Cuba sigue existiendo, a pesar de la censura. El secreto reside en recurrir a la alusión, y a hacerlo con suficiente elegancia y astucia. Me comentaba el gran cantante catalán Raimon que la muerte de Franco y el advenimiento de la democracia representó una auténtica desgracia para la literatura y la canción: “Ahora puedes decir las cosas por su nombre, y resultan de una banalidad desalentadora.”

Decían en Bucarest que, de acuerdo con el marxismo, las libertades capitalistas son meramente formales, mientras que las suyas, en el socialismo, eran de a tiro informales.

No obstante, ¿Quién diablos es Juliette? pasó en Cuba sin problemas, igual que las cintas de aquel magistral Tomás Gutiérrez Alea, como La muerte de un burócrata, o Fresa y chocolate, con afiladas críticas al sistema. No por duras menos sutiles. También fueron exhibidas en la mayor de las Antillas y constituyeron grandes éxitos de taquilla.

Y uno no puede no preguntarse si la mentada “libertad de expresión” no será también un concepto-bruma. En la tierra prometida del voto y el dinero, ¿gozarán de la misma libertad de expresión el mecánico y el albañil que instalaron la antena, que Carlos Puig que transmite por ella?

Marcelino Perello/exonline.com.mx

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