La otra cruz

La otra cruz

“Llama a la cruz”. Y si la llaman, la cruz llega, y llega rápido. Pero es una camioneta, no una cruz. En las contadas ocasiones en que he debido apelar a la cruz, ha sido harto atenta y eficaz, y ha desarrollado su labor con esa dedicación que la leyenda le atribuye.

Tal vez me equivoco, cosa que me ocurre con más frecuencia de la recomendable, pero la primera ONG como tal, aunque no se identificara así, ha de haber sido la Cruz Roja. “O” sí era, y “NG” también. ONG avant la lettre. Todo el enjambre de oenegés que hoy proliferan fue diseñado en principio de acuerdo a su espíritu y a su estilo. En principio.

No sé de dónde le viene el nombre, pero desde niño me di cuenta de que la suya es el “negativo” de la bandera suiza. Después aprendí que la Cruz de San Jorge, la cruz roja, está en el escudo y la bandera de Mantua. Todo checa. Pues la asociación humanitaria que la enarbola fue fundada por el suizo Jean Henry Dunant, un comerciante en maíz establecido en Argelia. Por motivos de chamba debió viajar a Italia, más precisamente a las idílicas riberas del lago Garda, al pueblecito prealpino de Solferino. En Mantua. A lo mejor a los lombardos les gustan los esquites.

Además, para mala suerte suya y buena nuestra, llegó ahí al mero inicio del estate, como le dicen allá al verano. Estate quieto. Y corría el año de desgracia de 1859. En las suaves planicies prealpinas acababa de tener lugar la cruenta batalla de Solferino, una de las más tenebrosas de la historia, en la que se enfrentaron el ejército austrohúngaro, por una parte, y las tropas imperiales de Napoleón III, por otra, aliadas a los ejércitos independentistas italianos, entre los que se encontraban los célebres Cacciatori delle Alpi, comandados nada menos que por el legendario, a justo título, Giuseppe Garibaldi (¿ya vio, bohemio lector, que nos cerraron el Tenampa?; estos cuates de plano no se miden).

Y al desdichado de Jean Henry le tocó contemplar desconsolado el Paisaje después de la batalla (si supieras cómo te extrañamos Andrzej, Andrzej Wajda). Sobre la hierba yacían los cuerpos de más de cien mil soldados de uno u otro bando. Es muchísimo, cierto. Horroroso, desolador. Pero lo realmente insoportable es que cuarenta mil de ellos aún estaban vivos. Y que elevaban a los cielos impasibles un majestuoso y desgarrador coro de gemidos y rezos.

Eso vio Jean Henry. Con impotencia, una compasión infinita y, cómo no, la satisfacción tan oculta como intensa e inevitable, de no ser uno de ellos. Eso vio. Eso oyó y eso olió. Habrá sido la culpa, habrá sido la auténtica misericordia, finalmente da igual, pero la impotencia de Dunant se transformó en fuerza, en impulso vital irresistible.

E, incansable, iniciará una campaña entre gobiernos y magnates, para que cuatro años más tarde, junto a los más entusiastas de sus seguidores: G. Moynier, el general Henri Dufour, y los doctores Louis Appia y Théodore Maunoir, fundaran el Comité Internacional de la Cruz Roja.

Y en la misma línea, aquellos mismos hombres, siempre encabezados por Dunant, lograron que en 1864 el Parlamento suizo proclamara la Convención de Ginebra, por la que se establecían los derechos y las obligaciones de los militares, de todos los bandos, durante y después de la conflagración, en un intento, tan loable como cándido, de “humanizar” la guerra. El original fue firmado por 12 naciones.

Dicen, y dicen que dicen, que la vetusta Convención sigue vigente, que ha sido modificada y actualizada en numerosas ocasiones, que en la actualidad están suscritos a ella 190 países. Y que todos la respetan escrupulosamente. Ja ja ja ja… juo juooo… jai jai jai… juo juo juoooooooo… ay ay… no puedo más… jiu jiu jiu… ja ja ja ja… me ahogo… jua jua juaaaaaa… jia jia jia… jaja jaja jajaaaaa… mi panza… juo juo juooooo… mis lágrimas son saladas… ja… ja…

El caso es que ahí, de manera tan noble, altruista y apasionada, también nace, ¡oh paradoja!, lo que con los siglos se convertirá en el actual flagelo mundial de las oenegés que se presentan con los mismos atributos, pero en realidad no son sino una runfla de mercenarios que se ofrecen al mejor postor para adornar y pulir la imagen de las acciones más abyectas, es una trágica pandemia, una pesadísima cruz para la contemporaneidad. La otra cruz.

La otra cruz

Son pocos, muy pocos de estos sedicentes misioneros laicos, los que escapan a esta caracterización. En su momento mencionaré los casos que conozco personalmente. Será una muy breve relación. Con la calaña de los fariseos en uso me entretendré más. Y le explicaré el caso, por ejemplo, de ese miasma llamado Reporteros sin Fronteras, creada en 1985, al servicio de la CIA, con un único propósito: denostar, calumniar y difamar a Cuba. Le platicaré quién es su fundador y presidente, Robert Ménard. No me va a creer. No hay quien crea lo increíble. Pero yo igual se lo platicaré. No puedo hacer otra cosa. Y cuando digo que no puedo hacer otra cosa quiero decir que no puedo hacer otra cosa.

Marcelino Perello/exonline.com.mx

2 comentarios en “La otra cruz”

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