Haciendo cola

Haciendo cola

—¿Es usted el último? —pregunta una bella señorita.
—No siempre; soy un triunfador en diversos ámbitos —contesta el hombre.
—Me basta con saber que es el último de la cola.
—No seas así, que la historia no puede terminar tan pronto.
—¿Qué historia?
—Pues la nuestra, está claro —responde él con una sonrisa bajo su frondoso bigote.
—No tengo tiempo para historias, tengo mucho que hacer.
—Puede, pero eso será después, no ahora. Ahora en la cola no hay muchas opciones.
—Podríamos permanecer en silencio y mirar el techo. Todo un clásico —dice ella.
—Eso es tan aburrido, querida. Mejor sería amarnos brevemente y luego seguir con nuestras vidas. Me llamo Arturo, por cierto.
—Yo me llamo Angustias, pero no veo claro eso de amarnos.
—Eso es porque no eres vidente.
—¿Y usted sí?
—No, yo soy un señor con bigote.
—¿Y eso es una profesión?
—Más que eso: es una forma de vivir, una filosofía. No está al alcance de cualquiera ser un señor con bigote, hay que esforzarse para conseguirlo. Yo tuve que estudiar mucho, pero obtuve un bigote cum laude, como puedes ver. Pertenezco a una hermandad milenaria: la de los señores con bigote, casi un gobierno en la sombra.
—¿Y los señores con barba?
—Esos son todos unos subversivos y disolutos. No son de fiar. Sobre todo los que tienen barba sin bigote: marinos y sodomitas.
—Nunca hubiera imaginado que el vello facial fuera de tanta importancia.
—Hay tantas cosas de las que no se percata la gente.

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