El pasodoble

El pasodoble

El pasodoble, que tanto me identifica con mis raíces, sobra en el toreo. Entiendo que esta afirmación puede producir rechazos y quebrantos. Pero así lo siento. El pasodoble es música de fiesta patronal, de orquesta de baile festivo y multitudinario, de mozo que al compás de su cadencia no tiene otro objetivo que meter mano a la hija del alcalde. En los casinos provinciales, durante el franquismo, el pasodoble se convertía en la excusa de alcanzar el máximo objetivo. Apretarse con las hijas de los Gobernadores militar y civil, hazaña que conllevaba el atractivo del riesgo. El pasodoble sobra en el toreo, pero no en la plaza. El paseíllo, el intervalo entre toro y toro y la vuelta al ruedo del maestro con o sin trofeo en las manos, reclaman un pasodoble. Pero una faena honda, profunda, sentida y emocionante, es decir, una obra de arte en movimiento con la muerte de por medio, demanda el silencio o la música clásica, romántica o barroca, pero jamás un ritmo jaranero. Es cierto que hay pasodobles que son piezas musicales de alta inspiración, pero no ayudan al recogimiento de la hondura. Me lo contó Albert Boadella, ese genio de la dramaturgia y la independencia intelectual. José Tomás estaba toreando como los ángeles y el público gritó «¡música!». Un natural de José Tomás, largo, profundo y a cámara lenta animó al director de la banda a acompañar la faena. Y lo hizo con «Paquito el Chocolatero». Hay faenas de pasodoble. Cuando el torero es más valiente que artista y más alegre que profundo. Pero Antonio Ordóñez, o Camino, o Antoñete, o Curro Romero, o Bienvenida, o Rincón, o Ponce, o El Cid, o Castella, o José Tomás sólo podían y pueden ser acompañados de música clásica. Antonio Ordóñez es el Beethoven del toreo, y Curro Romero, Mozart. Dice el genio de Camas, don Francisco Romero, que no hay mejor música durante una faena sentida que el «¡óle!» y no «¡olé!» del público entregado. El pasodoble, tan querido y tan bailado, rebaja la emoción de la obra de arte. Para mí, que habría que ampliar la gama de pañuelos del presidente.  Además del blanco, del verde y el negro, el presidente del festejo –festejo, no funeral como en Madrid creen–, podría ordenar a la banda que interpretara un pasodoble con un pañuelo naranja, y música clásica con un pañuelo morado.   Madrid se sale de la norma por su rechazo a la música durante una gran faena, lo cual aplaudo sin reservas. El maestro se juega la vida armonizando su arte con el movimiento del toro.  Cuando alcanza su estado de gracia, el toro embiste a la muleta al ritmo que el torero impone. El temple es lento, no trepidante. Si la faena es grande y templada, música clásica. Si trepidante y alegre, pasodoble jaranero. Una faena de Antonio Ordóñez guardada en una grabación es la Séptima Sinfonía toreada. Echen mano de sus vídeos, y disfruten con el toreo de Antoñete sostenido por las notas del «Canon» de Pachelbel.  Bien el pasodoble cuando  el toro muere.  El ruedo no es el salón de baile de un casino provinciano en fiesta patronal. Es el suelo del arte que se mueve y admite la presencia de la muerte.  O silencio o música para rozar el cielo.  Y el pasodoble, en los paseíllos, los intermedios o los rejoneadores, cada día más inmediatos por sus cabriolas y su incitación al aplauso, al mundo del circo. Eso, un natural largo, lento y hondo y la compañía de Beethoven.

Alfonso Ussia/larazon.es

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