El paseíllo de Garzón


El paseíllo de Garzón

A veces, ser simplista y malpensado es una gran ayuda para prever la actualidad. Por ejemplo, a la comunidad simplista y malpensada no nos ha pillado por sorpresa la inhabilitación de Garzón. Más bien, al contrario. La inhabilitación ha sido algo medianamente suave comparado con el desgraciado accidente mortal que, desde este y otros blogs, tantas veces habíamos deparado al top spanish juzge.
Ser malpensado le ayuda a uno a concluir que las Veinte Familias de España le deben mucho al franquismo, y que una concienzuda revisitación de los cómos y los porqués del hoy acabarían con un estrépito social de Franco y muy señor mío. Es lo malo de los pactos de silencio, que, cuando se dan por terminados, se desatan treinta años de gritos contenidos.
La transición española se cerrará (aproximadamente) a mediados del siglo XXI, cuando las Familias de nuestro país ya no recuerden o no les importe que lo que son y lo que tienen lo tienen y lo son gracias a la dictadura franquista. El tiempo cura todas las heridas.
Garzón se ha enfrentado a Pinochet, a Al Qaeda y a ETA sin consecuencias particularmente desastrosas para él ni para su entorno. Es normal, porque nada de eso importa a quien detenta el auténtico poder en nuestro país. Pero el franquismo es otra historia; es nuestra historia. Por más águilas que retiremos de las fachadas y más fascistas ecuestres que saquemos del centro, la España moderna hunde sus contemporáneos pilares en cunetas llenas de muertos anónimos, toneladas de dinero robado y décadas de documentos extraviados.
A Garzón le están sometiendo a una variante posmoderna del paseíllo, delante de todo el pueblo, para que los paisanos de a pie veamos lo que te pasa si metes las narices en la primera fosa común que te topas. Que cunda el ejemplo. Que cunda el miedo.

Jose A. Perez/mimesacojea

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