Doctores

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En la frontera con Francia de Behovia, un gendarme examinaba con muy limitado interés los pasaportes de los españoles que pasaban a San Juan de Luz o Biarritz de compritas.  Y le comentaba a un compañero con acentuado asombro: «Es increíble, de diez españoles, ocho son abogados». Han cambiado los tiempos y las circunstancias, y la intervención quirúrgica practicada al Rey así lo demuestra. Hoy, de cada diez españoles, nueve son doctores en Medicina. Aquí todos tienen y ofrecen su diagnóstico.

No es habitual que un Rey sea operado de un nódulo pulmonar.  Y los españoles, tan aficionados al morbo y al chisme, se han convertido en médicos en veinticuatro horas. Un taxista ha sido el primero en poner en duda el rigor profesional del cirujano que ha operado al Rey. «Lo del Rey, no tiene buena pinta», me ha dicho. He intentando contradecirle, sin éxito. «El cirujano ha asegurado que el nódulo no era maligno, y hoy ha recibido a unas cuantas personas y se ha levantado». El taxista doctor era incrédulo. «Eso lo dicen por decir. El Rey tiene un cáncer como el culo de mi suegra. A mis años, no ha nacido el que me engañe. Como cuando los americanos llegaron a la luna. Ni luna ni rábanos. Aquello se grabó en unos estudios de Hollywood». Pagué al taxista e intenté tomar una copa tranquilamente. El camarero, también doctor en Medicina, me ha soltado su opinión, documentada por contactos familiares.  «El Rey está fatal. Mi hermana, que trabaja en el ‘‘Severo Ochoa’’ me ha asegurado que un médico muy conocido le ha dicho que no hay nada que hacer».  Le he preguntado si el médico se apellidaba Montes, y ha torcido el gesto. «No me suena». Menos mal.

Hay personas que saludan mucho mientras sacan a la calle a sus perros.  Felices matrimonios han nacido de estos intercambios de palabras. Se empieza elogiando al perro del vecino, y se terminan partiendo la tarta nupcial. No tengo perro, pero un paseante con can urgido, ha detenido mis pasos cuando llegaba a mi casa.  Y lo ha hecho con una seguridad alarmante. «Me ha dicho mi mujer que el Rey está en coma. Y Elisa nunca se equivoca». Le he dicho al paseante con perro urgido que Elisa –a quien no conozco–, no ha acertado, por fortuna, en esta ocasión. «El Rey estará cansado.  ¿Cómo se encontraría usted si al día siguiente de una operación tiene que recibir a Zapatero y Montilla?». El improvisado doctor se ha quedado mascullando y emitiendo sonidos desagradables mientras, al fin, he podido alcanzar el portal de mi casa.  Una chica muy mona esperaba el ascensor.  He compartido la cabina ascendente con ella cinco pisos. Al llegar a la quinta planta, la chica, doctora en Medicina, me ha hecho partícipe de su inquietud.  «Me da pena que el Rey, que tiene tan buena pinta, se quede calvo».

Por mi parte, creo que hay que creer a ciegas a los doctores de verdad.  Y en esa fe radica, en este caso, mi tranquilidad y alegría. Nada gusta tanto al español medio como una tragedia. Y una enfermedad grave del Rey, hoy por hoy, supondría una tragedia para sociedad tan enemistada como la española. Así que tranquilos. Un nódulo benigno. Se le prohíbe fumar. Le envío al Rey, desde estas líneas, mi deseo de una rápida recuperación, con cuarenta millones de doctores siguiéndola con lupa.

Alfonso Usia/larazon.es

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