Dios tiró de la cadena

Dios tiró de la cadena

Leí unas declaraciones según las cuales el hiyab no era más que un “trozo de tela”. “Y un trozo de tela”, añadía la mujer entrevistada,
“no puede hacer ningún mal”. ¡Ah, los placeres de la literalidad!
De niño fui enviado, durante unas vacaciones de verano, a un campamento que el Frente de Juventudes (así se llamaba) tenía en la sierra madrileña. Compartí habitación con otros cinco compañeros de colegio que también habían sido facturados por sus padres al albergue, llamado, por cierto, Albergue Juvenil Francisco Franco. En aquella época todas las cosas del universo mundo, excepto los electrodomésticos de línea blanca, se llamaban Francisco Franco. Las habitaciones eran, pues, de seis personas distribuidas en dos literas de tres plazas cada una. Seis niños, si no recuerdo mal, formaban una escuadra. Y eso éramos nosotros, una escuadra.
Por las mañanas, nada más levantarnos, aseábamos la habitación, hacíamos las camas y nos colocábamos en posición de firmes a la puerta. Al poco, llegaba el director del campamento y revisaba el dormitorio. Valoraba mucho que la colcha de las camas no tuviera arruga alguna y que debajo de las literas no hubiera polvo. Se trataba de un hombre menudo, aunque con andares de atleta, lo que provocada sentimientos encontrados en el observador. A mí me daba pánico, pues disfrutaba mucho dando gritos y castigando a los infractores. Seguramente tenía una sexualidad complicada.
El caso es que cierto día, al agacharse para contabilizar las motas de polvo de debajo de la litera, encontró allí, tirada, la bandera de la escuadra. La bronca fue monumental. Mis cinco compañeros y yo fuimos exhibidos delante del resto de los asistentes al campamento como un ejemplo de antipatriotismo. Nos convertimos en lo peor. Si no éramos capaces de defender nuestra bandera, gritaba el energúmeno, cómo íbamos a cuidar a nuestra madre. La asociación entre mi madre y la bandera me dejó patidifuso, pues lo cierto es que yo habría dado la vida por mamá, pero no por un “trozo de tela”. Mi mente infantil, confundida por aquel galimatías verbal, no alcanzaba a entender que un “trozo de tela” pudiera organizar aquel escándalo. Los niños son un poco neandertales, no han desarrollado del todo la capacidad simbólica, lo que tiene sus lados buenos y sus lados malos. En todo caso, tomé nota. Con el tiempo aprendería que hay símbolos que matan. Los símbolos que más matan son los de carácter patriótico y los de significado religioso. La patria y Dios han hecho mucho daño, aún están en ello.

Dios tiró de la cadena
simbolos que matan

Hablando de Dios, no deja de tener gracia que un grupo de teólogos haya pedido al Papa que dimita. Puestos a pedir dimisiones, deberían haber solicitado la de Dios. Aunque todo indica que Dios ha dimitido hace tiempo de este mundo. Lo más probable es que dimitiera de él al tiempo que lo creaba (todo indica que al acabarlo tiró de la cadena, por eso estamos donde estamos). Ahora bien, que lleven cuidado estos teólogos, pues el Papa es un símbolo (no hay más que ver cómo viste y calza), y a los símbolos se les permite todo. Si el Papa dice que pide perdón por la pederastia, los católicos le aclaman. Pero si dice lo contrario también. El símbolo no está obligado a mantener coherencia alguna. En tiempos de Aznar, se colocó en la plaza de Colón de Madrid una bandera de España de unos 300 metros cuadrados. Es absurdo colocar una bandera de esas dimensiones en un país donde los pisos tienen, de media, unos cuarenta metros cuadrados. Pero nadie cayó en la cuenta. De hecho, ahí sigue el “trapo”, ondeando al viento incluso cuando hay calma chicha. Cualquier mente racional comprende que se trató de un gesto desaforado, pero casi todas las mentes racionales han sufrido en su infancia experiencias como la que he narrado más arriba. Y las mentes racionales tienen miedo, así que la bandera de la plaza de Colón permanecerá en su lugar hasta el fin de los tiempos.
De modo que un “trozo de tela” puede hacer un daño enorme. Cualquier trozo de cualquier cosa puede acabar con uno. Piensen en las reliquias, por ejemplo, esos pedacitos de hueso o de piel, esos dedos arrancados al cadáver de los santos. Mucha gente daría la vida por ellos. Lo malo es que daría, sobre todo, la vida de usted o la mía. Y es que una manía de los fanáticos de ciertos símbolos es que están dispuestos, antes que a morir por ellos, a matar en su nombre. Y uno no está por la labor. Podría parecer una barbaridad, pero a mí los neandertales y los niños me caen bien porque su capacidad simbólica no ha alcanzado aún el grado de perversión de la de los patriotas o de la de los fanáticos religiosos.

Juan Jose Millas/interviu.es

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