Alla se apuesta la vida

Alla se apuesta la vida

La vida no vale nada. El juego extremo del narco y de la violencia en distintas partes del país se generaliza. Yo lo veo en el norte porque aquí vivo. Con asombrosa facilidad, las distintas facetas de la delincuencia organizada encuentran jóvenes que aceptan su llamado al éxito. Tanto que se podría decir que surge un nuevo sentido de la vida. Se podría enunciar así: mejor vivir poco pero con Hummer, que vivir mucho pero jodido.

Con Hummer o al menos con camioneta, con chava, con buena ropa, radio y un fajo de billetes en el bolsillo. Con arma o con amigos armados. Con casa y con ahorros, no: es difícil que haya tiempo para tanto. Se trata de una manera distinta de enfrentar el destino y la pobreza, muy lejos de la ancestral resignación católica, muy lejos de la ya vieja revolución socialista y muy lejos de la actual ilusión de desarrollo en la sociedad consumista.

Donde no hay grandes posibilidades de mejoría en la calidad de vida en términos culturales, educativos o laborales, al menos no sin un gran esfuerzo, han encontrado un modo distinto y viable de pasar por la tierra. Sobre todo, abierto con facilidad para ellos. No es la resignación del cuento del Valle de Lágrimas que ha mantenido las cosas por largo tiempo y según el cual lo bueno de la vida está en la otra vida y, mientras, hay que apechugar para sobrevivir ésta y ganarse la que viene. No es la revolución del otro cuento tan socorrido hace apenas décadas: la pobreza es producto de estructuras históricas cuyo destino inevitable es cambiar y a empujar, pues, que ya llega la utopía de la igualdad y tiene sentido sufrir y hasta morir por ella. Tampoco es la fe en la economía globalizada que tarde o temprano nos enganchará y nos levantará por los aires del bienestar a condición de que nos pesque chambeando.

No. Es otra cosa. Esta mirada y esta forma de reaccionar no creen en las historias de curas, ni de políticos, ni de policías, ni de maestros, ni de industriales. No creen en ninguna historia, salvo la de la buena suerte de morir siendo alguien, de morir sin demasiado sufrir, de morir al día pero, eso sí, que valga la pena el día. Si es legal o no, eso es un asunto de una sociedad a la que no han pertenecido nunca y donde la ley, si existió, estuvo en su contra. Si es moral o no, ¿qué es moral?, lo único que quisieran es no darle demasiado dolor a su familia. Allá se apuesta la vida. Y se respeta al que gana.

luis.petersen@milenio.com

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