Allá en el Triángulo de las Bermudas

Allá en el Triángulo de las Bermudas

Se ha convertido en un nuevo Triángulo de las Bermudas, me dicen. El que forman Torreón, Monterrey y Piedras Negras, con Monclova en el centro.

Parte Nuevo León, parte Coahuila. Tierra agreste, desierto.

En los últimos meses se ha comenzado a dar un fenómeno que ya se había conocido antes en Baja California: los desaparecidos.

Hombres y mujeres que por sus trabajos o por placer toman esas carreteras y ¡puff! Nunca más se sabe de ellos. Sus familiares terminan como almas en pena, de oficina en oficina, tratando de que alguien les diga algo; en el laberinto de la justicia se pierden. No es un secuestro porque nadie pidió rescate, si es secuestro el lío es saber a quién le toca, al estado o a la Federación, todos se echan la bolita. Y una persona desparecida… eso no se investiga. No están en las estadísticas de los muertos, tampoco en las de los vivos. Más de una vez las conversaciones con las autoridades siempre terminan con una insinuación vulgar que ofende más aún a las víctimas: en qué andarían metidos que los desaparecieron.

En Tijuana, cada viernes, se reúnen familiares de más de quinientos de estos mexicanos, entre ellos cincuenta mujeres y sesenta menores de edad, por los que nadie responde. En misión macabra y miserable les ha tocado presionar para que se hagan pruebas de ADN de los restos abandonados por El Pozolero, han presionado para buscar en cañadas y lotes baldíos. Han visitado la capital y nada.

El fenómeno de Baja California se comienza a repetir en el Triángulo de las Bermudas. En unos meses van 36 casos documentados. Y se repite el arduo penar por el laberinto de la justicia y se repiten las insinuaciones que ofenden.

Dos casos:

Dan Jeremel Fernández Morán, representante de un Afore, desapareció cuando iba a recoger a su mamá, Yolanda, a la central de camiones de Torreón. Días después, por una denuncia del secuestro de un empresario regiomontano, la policía arrestó a un miembro de una unidad de inteligencia del Ejército mexicano a bordo del automóvil de Jeremel. El presunto secuestrador delató a sus cómplices pero no habló del dueño del automóvil que manejaba. Tres más fueron detenidos.

Las autoridades permitieron a la señora Yolanda hablar con el detenido en el centro de arraigo:

“Fui a pedirle ayuda, porque la verdad necesitaba ayuda de él para poder encontrar a mi hijo, él me mencionaba que no podía ayudarme, que no podía hablar, pero que le dejara mi teléfono celular; se lo dejé, pero al día siguiente, curiosamente al día siguiente de haber estado con él, me habla una mujer y me dice que no sabe si Dan esté dentro de los que me va a decir, que hay una casa de seguridad, me da los datos, el número de la casa, el color de la casa, la colonia, y me dice que la persona que los está cuidando se llama Pedro y le dicen El Tejón… Entonces yo inmediatamente, como estoy en contacto con el director de antisecuestros, que en ese entonces era el licenciado Carlos Centeno, le doy todos los datos, me piden que no haga yo nada, que no vaya a buscar el domicilio porque pongo en riesgo a mi hijo, entonces pues dicen que van a hacer el trabajo de inteligencia, que no es cosa de ir a reventar nada más la casa, que tienen que ver si hay mujeres o niños, y que yo no me mueva, entonces pues yo me apego a lo que dicen…

“Paso ese día, otro, otro, otro, y yo volví a hablar y les dije: ‘Bueno, qué pasó’, ‘es que estamos haciendo trabajo de inteligencia, señora’, pues hasta los 15 días me hablaron y me dicen, ‘señora, pues ya reventaron ese domicilio los militares’, y que habían detenido a El Tejón y que vendía droga, pero que no habían encontrado a ninguna persona…”

Unos días después, con los presuntos secuestradores ya en la cárcel, un comandó entró al Cereso, los mató y los quemó. Fin de la historia. Fin de la investigación.

El 29 de agosto de 2009, Esteban Acosta, jefe de seguridad del penal de Saltillo, iba al aeropuerto de Monterrey acompañado de su hijo Brandon, de nueve años, y sus hermanos Gerardo y Gualberto. Los dos con ciudadanía estadunidense, residentes del otro lado, habían ido a visitar a su madre enferma. A la altura de Ramos Arizpe, en Coahuila, fueron interceptados por dos camionetas con hombres armados. Desde entonces no se sabe nada.

Hablé con Delia, la joven esposa de Gerardo, mexicano-americana, vive en Los Ángeles.

“No me quiero adelantar, vivo un día a la vez, porque es muy difícil, pero en mi mente están mi esperanza y mi fe de que aparecerán con vida, los estamos esperando en casa”. Un agente del FBI se mantiene en contacto con ella. Le dice que ellos no pueden hacer nada en territorio mexicano y que sólo queda esperar a tener la información que proporcionen las autoridades mexicanas. Me dice Delia: “El FBI me dice que ellos pueden ayudar, ¿por qué no aceptan la ayuda?”

Entiendo el argumento esgrimido de que esto no pasa en todo el país, que tal vez 600 desaparecidos no hacen una crisis. Pero un tumor cancerígeno empieza en un órgano, al tiempo, igual mata.

Carlos Puig

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