Estadios

Estadios

No sé si se han dado cuenta de que actualmente los músicos, si deseamos enriquecernos, tenemos que ejecutar nuestro arte en locales concebidos para que los deportistas (esos muchachos musculosos) hagan sus exhibiciones. El lugar ideal que el intérprete de música popular escogería, si pudiera, para obtener una transacción monetaria a cambio de su trabajo sería, sin embargo, bastante diferente. Sería un lugar cómodo y calefactado, tapizado con terciopelo acústicamente absorbente, de lindas mesitas bajas con lámparas y una barra de bar bien provista (los músicos populares, no sé por qué, solemos padecer de una sed bíblica). El público y los mercaderes, a pesar de ello, sienten tan poca piedad por nosotros que nos obligan a tocar en estadios.
Al actuar en ellos, la sensación que se siente es engañosa y chocante. De joven, tuve mucho éxito con un grupo de rock e ingresé con ellos en una categoría parecida a la de semidiós o héroe (sheriffs y cowboys incluidos) y la primera vez que salí a tocar con mis compañeros en uno de esos complejos arquitectónicos escuchamos un gran rugido de la multitud. Dedujimos con buen juicio que, a todas luces, alguno de nosotros había llevado a cabo algún acto de bravura que merecía la aclamación de las masas. Era una emoción halagadora y peligrosa. Entendí entonces las razones que habían empujado a gentes cómo Napoleón, Hitler o Javier Clemente a lanzarse a la vida pública.
Yo, que a estas alturas soy poco más que un viejo paralítico de una edad monumental que se hace devorar por enzimas glotonas, declaro que, cuando fallezca, quiero ser enterrado en el subsuelo del Palau Sant Jordi de Barcelona. Allí toqué anteayer con mis viejos camaradas y la multitud seguía rugiendo. Espero así alcanzar el más alto destino del músico popular: conseguir que hasta mis detractores bailen, aunque sea porque lo hagan entusiasmados ante la perspectiva de vengarse haciéndolo sobre mi tumba.

Sabino Mendez

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