Un dia con Cantinflas

Un dia con Cantinflas

Cantinflas parecía de piedra. No movía un músculo de su rostro. Tras sus enormes gafas oscuras, el hombre que durante décadas hizo reír a millones de mexicanos era la seriedad más absoluta. Su sillón frente a la gran mesa de sus oficinas en la colonia Roma de la Ciudad de México era su trinchera. Impecable en su terno café, siempre a la defensiva, muy hosco, casi agresivo a veces, enfrentaba a mediados de 1990 a un pequeño grupo de periodistas que había convocado para comunicarles la situación de la disputa legal que sostenía en los tribunales estadunidenses contra Joyce Jett, su ex compañera.

Cuando alguien se atrevía a preguntar algún detalle particular sobre el pleito, sobre el monto de su fortuna personal o sobre su relación amorosa con la mujer que definía con insistencia como “una amiga de más de 20 años, como muchas otras; una señora que me hacía el favor de hacerse cargo de mi departamento en Houston”, alzaba la cabeza, clavaba la mirada sobre el preguntón y resoplaba conteniendo apenas la furia. Los demás periodistas se encargaban del resto: aplastaban la curiosidad periodística, el interés profesional, con gritos, manotazos sobre la mesa y silbidos. Dejaban ver así su solidaridad, su lealtad, su complicidad y, sobre todo, su lambisconería con el comediante en desgracia. “¿Cuándo nos invita a comer, don Mario?”, suplicaban a coro casi todos al finalizar el encuentro.

Era evidente que el tema le revolvía el estómago, pero había roto un silencio de años en la prensa para exhibir sus argumentos en un largo pleito que comenzaba a perder.

A sus 78 años de edad ya había sido condenado por un juez en Estados Unidos al pago de 26 millones de dólares en beneficio de Joyce Jett, una vendedora de focos y cocinas estadunidense que buscaba desde el año anterior en una corte de Houston, en Texas, una sentencia de divorcio en su contra. Cantinflas se había declarado en desacato para emprender enseguida un procedimiento legal en la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal por el delito de extorsión y otro ante el XXV Juzgado de lo Familiar.

Las cosas estaban al rojo vivo. Mientras el pleito evolucionaba, las autoridades le habían entregado a la demandante un penthouse en Houston con valor de unos 800 mil dólares y varios automóviles que eran propiedad de Cantinflas. Se veía venir además la imposibilidad inmediata de regresar a Estados Unidos, en pa rticular a Houston, una ciudad a la que acudía con frecuencia para recibir atención médica por un padecimiento que mantenía en secreto.

Pequeño de estatura, muy delgado, sumamente pálido, parecía extremadamente frágil cuando con una voz casi inaudible explicaba las razones de su postura ante la sentencia del tribunal estadunidense: “yo soy mexicano y acato las leyes de mi país, aunque nos mandan todos los papeles aquí, por duplicado, a mi casa y a mi oficina, como si esto fuera territorio norteamericano; yo no soy norteamericano ni he residido ahí, de modo que hasta dónde tiene razón un juez texano para que acate sus órdenes”.

Cantinflas se preocupaba porque no se le viera inquieto, asustado, pero estaba muy mosqueado. El abogado de Joyce Jett le había hecho llegar amenazas muy claras: si no accedía a un acuerdo, haría pública la información privada al alcance de su cliente, como datos financieros, propiedades, cuentas bancarias, pruebas de evasión de impuestos, intimidades personales y familiares.

Explicaba el comediante: “Estuvieron hurgando en mis papeles, ella tenía llaves para los apartamentos, y en muchas ocasiones le encargué que pagara mis impuestos, el mantenimiento, porque era muy servicial”. Y se burlaba de la historia de su fortuna escondida: “que me encontraron dos cuentas secretas en Las Antillas con 25 millones de dólares cada una; a lo mejor me los depositó ella como buena esposa, pero que se quede con todo y que me deje nada más el cinco por ciento”.

Todo esto, decía sin mover un músculo de la cara, “me parece como una cantinflada: yo soy viudo, y ahora soy casado y divorciado, y sin saberlo; hay que imaginarse lo que pasaría si todas las que se han fotografiado conmigo en estos años dijeran que son mi esposa; uno puede tener amantes secretas, pero esposas secretas no, no le veo la razón; nunca me había pasado nada así, ni esperé que me pasara. No sé cuál es mi delito. ¿No querer que me acomodaran una esposa nueva? ¿Y qué pena merece eso? ¿La de muerte?”

Al final ya no pudo contener su furia y la liberó mediante el sarcasmo: “¡Que me extraditen! ¡Que me secuestren los de la DEA!”

Casi un año después, en mayo de 1991, Cantinflas se presentó ante la corte de Los Ángeles para firmar un acuerdo con Joyce Jett. Debió aceptar la demanda de divorcio y ya no pudo recuperar su penthouse ni sus automóviles. El acuerdo que le garantizaba la posibilidad de regresar a Houston, le obligaba también a guardar en secreto un pago adicional de unos cinco millones de dólares en efectivo.

La posibilidad muy concreta de una acción penal en su contra lo había convencido de que era mejor un buen acuerdo que un mal pleito.

Tres años después Cantinflas se encontraba con la muerte, después de recibir tratamiento en Houston por un padecimiento canceroso.

Más allá de su trayectoria profesional, de la lucha contra la miseria en sus primeros años, de sus éxitos financieros, de sus tragedias íntimas, de sus aguerridos enfrentamientos políticos y sindicales, Cantinflas libró sin duda batallas más dignas y trascendentes a lo largo de sus más de 80 años de vida. Una vida digna de ser recreada en el cine, como se viene anunciando desde hace tiempo, aun cuando transcurrió en su último tramo de espaldas a la masa popular que cobijó sus orígenes. La vida de un hombre de carne y hueso.

Hector Rivera/mileniodiario


Deja un comentario