Todo por la imagen

Todo por la imagen
EN un tiempo en el que es común confundir el culo con las témporas y cuando se acostumbra a no distinguir entre el tocino y la velocidad, no resulta extraño que, alimentadas por las máquinas propagandísticas de dos Estados, las primeras páginas de los grandes diarios hagan pasar por etarras -ni siquiera presuntos- a quienes sólo son bomberos. El error es disculpable, pero no lo es tanto el impulso que lo promueve. Una de las deformaciones más frecuentes que padece la democracia en el Viejo Continente, todavía no repuesto del amplio muestrario de zarandeos totalitarios que padeció durante el pasado siglo, consiste en anteponer la imagen a la realidad. Es el fruto de una obsesión electoral que empuja a los líderes a vender la piel de osos que no solo no se han desollado, sino que ni han sido vistos en el bosque.
Es tal la obsesión por la propaganda y sus réditos electorales que, lejos de usarla para la amplificación de las ideas de los partidos, si es que las tuvieran, éstas se acomodan y varían según la proyección que se pretenda. Es la imagocracia, una inmensa falsificación de la demanda social que lleva camino de convertirse en un nuevo brote totalitario concordante con los que ya creíamos habernos sacudido. La verdad se ha convertido en un lujo inalcanzable y le sirve de sucedáneo una apertura de telediario o la primera página de dos docenas de periódicos con pedigrí salpicados por el mapa de la UE. En los EE.UU., aunque por poco tiempo, la exigencia ética no es mayor, pero sí más vertiginoso y rotundo el castigo de quienes son descubiertos en operaciones mistificadoras de la realidad para su mejor acomodo a la opinión pública.
Sensu stricto, la presentación como etarras de quienes son bomberos no es un error. Es consecuencia de la precipitación que impone la obsesión imagocrática. No importa (demasiado) llegar a la verdad. Es más urgente tranquilizar a los ciudadanos y, sobre todo, aparentar una eficacia que, no necesariamente, resulta esencial y establecida en los departamentos ministeriales. Anteponer el anuncio de un éxito a su génesis y producción es una pirueta pícara que constituye indignidad en las alturas del Estado en las que, ideologías y elecciones al margen, parece exigible el rigor. Las videocámaras que nos vigilan en dudoso respeto a nuestra intimidad no tienen inteligencia. Se la debieran aportar sus responsables.
M.Martin Ferrand/abc.es

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