Sin receta

Sin receta

He leído en EL UNIVERSAL que las farmacias que surtan antibióticos sin receta se harán acreedoras a sanciones que van desde la multa hasta la clausura. No creo que se respete la disposición de la Secretaría de Salud, la cultura mexicana de la automedicación es una industria, una vocación y una forma de entender la vida. Algún recoveco encontraremos para comprar las medicinas que nos dé la gana.

No recuerdo al médico entrando (ah, el gerundio) a la casa si no se trataba de un caso serio que rebasaba nuestros conocimientos. Nosotros nos recetábamos. Que la comida nos cayó mal y los efectos de la diarrea nos tenían postrados, deshidratados, débiles. De inmediato: un Entero-Vioformo cada seis horas. Este tratamiento nos alejaba durante días del baño, entonces invertíamos el efecto con un revulsivo de dos cucharadas soperas de la leche de magnesia de Phillips. Cuando me cercaban los calenturones, al borde del delirio, con tremendos calosfríos y sudores, a la farmacia corriendo por la Neomelubrina y el VapoRub. No nos quedamos ciegos de milagro.¿Para qué era la Antiphlogistina? ¿Era un emplasto?

No quiero transmitir una falsa imagen de nuestra familia. Teníamos un médico de cabecera, el doctor Cisneros (q.p.d.). Desatendíamos puntualmente sus diagnósticos y casi nunca comprábamos las medicinas que nos prescribía. Adquiríamos las que nosotros elegíamos después de una deliberación dirigida por mi madre. Así aprendimos a temer a la penicilina como si no fuera un antibiótico de amplio espectro sino un veneno fabricado por Lex Luthor para acabar con el género humano. La señora Saavedra murió de una reacción alérgica a la penicilina, los médicos no pudieron salvarla, contaba mi madre. En cambio confiábamos en exceso en la sulfa y sus poderes, el Bactrim, para más señas, que es trimetoprim y sulfametoxazol. Esta mezcla casi manda al hospital a mi hija, alérgica a las sulfas.

Después de una temporada de dolores paliados con Veganine, un potente analgésico con codeína, una pancreatitis tiró a mi padre en una cama. Durante dos meses tuvo un pie en la vida y otro en la tumba. Al final la libró y salió del hospital a vivir bajo un régimen carcelario. Esa enfermedad no nos amedrentó. Volvimos a las andadas y a autorrecetarnos. Mi padre se curaba lo que él llamaba diarreas infecciosas con Immodium, Cafiaspirina, bicarbonato y, si se sentía afiebrado, algún antibiótico sobrante de otros síntomas. Cinco días, no más. Por su parte, mi madre era más cuidadosa a la hora de recetarse a sí misma, su estómago era de cristal. Aquella historia de que los antibióticos bajan las defensas y entonces te vuelves víctima fácil de nuevos padecimientos oportunistas nos hacía los mandados.

Yo fui un gran médico hasta el día en que enfermé y le tomé respeto a los medicamentos. De esa temporada recuerdo días en los que ingería hasta nueve o diez pastillas entre analgésicos, desinflamatorios y antibióticos. El médico tenía que derrotar al dolor y evitar un efecto infeccioso. Con el tiempo, yo también he vuelto a las andadas: el ciprofloxaxino me hace muchísimo bien, sobre todo si es bajo la forma de la Ciproxina.  Me lo receto en secreto, sin que lo sepa mi hija, que se acerca al cierre de su cuarto año de medicina y considera la automedicación una práctica nefasta que pone en riesgo la vida. El otro día me preguntó a rajatabla:

–¿Quién te recetó el Ciproflox?

Se trata de otra forma del ciprofloxaxino cuyas bondades descubrí en tiempos de gripas salvajes. Le contesté una mentira:

–El otorrino al que fui a ver la semana pasada.

Falsísimo. Lo que pasa es que me dolía la garganta y el grillete de una gripa me tenía atado al muro húmedo del malestar.

La campaña de la Secretaría de Salud fracasará, no sólo por nuestra vocación a recetarnos unos a otros sino porque implica ver a un médico, y eso cuesta dinero, o ir al Seguro, y eso cuesta tiempo cuantioso. Ninguna ley podrá embridar al médico loco que llevamos dentro.

En este momento me siento un poco mal, si no se corrige esta tendencia a la súbita decadencia tendré que acopiar un paquete secreto: Denvar, la cefixina es muy buena, acompañado no sé si de un Motrim, un bombazo de Ibuprofeno, o de unos simples Adviles. Si la cosa se pone fea y empieza la congestión nasal, vengan unos Desenfrioles y a dormir como un santo. ¿Estoy loco? Yo soy Garrick, cambiadme la receta.

Rafael Perez Gay/eluniversal.com.mx

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