Si votamos por la derecha, por favor, que sean de derechas

Si votamos por la derecha, por favor, que sean de derechas

López Obrador le dejó una herencia muy pesada a Felipe Calderón: luego de ganar unas elecciones muy competidas y afrontar las mezquinas acusaciones de un mal perdedor, el actual presidente de México se sintió, por así decirlo, en deuda con su antiguo adversario. De tal manera, se creyó obligado a “rebasarlo por la izquierda”. O, por lo menos, eso fue lo que dijo en su momento. Tenemos así al más irreconocible representante de un partido que promueve los valores del liberalismo económico y los principios de la sociedad abierta: el máximo panista de la nación no gobierna, ni lejanamente, siguiendo los preceptos de la derecha pura y dura —excepto, desde luego, en lo que se refiere a cuestiones tan espinosas, e innegociables para los blanquiazules, como los matrimonios entre personas del mismo sexo o la despenalización del aborto (asuntos, por cierto, que no debieran merecer, en mi opinión de irredento liberal, tantos afanes y desvelos siendo que los grandes problemas de México no se resuelven persiguiendo a los homosexuales ni encarcelando a las mujeres sino acabando con el inamovible corporativismo creado por el antiguo régimen, el populismo como receta para gobernar y los rancios dogmas de una “Revolución Mexicana” expropiada, como mito, por un grupo de poder; temas, todos ellos, que debieran figurar, en primerísimo lugar, en la agenda de los cambios que promovería una agrupación política, el PAN, si pretendiera transformar verdaderamente a este país en vez de quemar cartuchos de moralina).

No, Calderón no es Reagan ni Thatcher en lo económico y lo social aunque, miren ustedes, de maldita cosa que le sirve porque nuestra trasnochada izquierda autóctona lo sigue calificando, entre otros adjetivos, de “fascista”. Su intento de aparecer como un posible sucedáneo de López Obrador —no se ha atrevido siquiera a insinuar la participación de capitales privados en Pemex, lleva la fiesta en paz con el régimen de los hermanos Castro, se pone la camiseta antiyanqui en las reuniones con nuestros “hermanos” de Latinoamérica, no reconoce a un presidente de Honduras elegido democráticamente, etcétera— lo convierte, en los hechos, en un priista más, es decir, gobierna como han gobernado sus antecesores tricolores y no se le advierte ya el sello de sus orígenes partidistas.

Es cierto que el término “derecha” es tan vergonzante que no hay, en todo el escenario político de las democracias avanzadas, un solo partido que lleve el nombre (por el contrario, existe, en España, una agrupación llamada Izquierda Unida y aquí tenemos corrientes como Nueva Izquierda). Pero éste no es un asunto de meras palabras sino una cuestión de políticas públicas. Y, en este sentido, a los liberales de este país nos han dejado en un estado de absoluta orfandad: no podemos esperar, por ejemplo, una reforma energética de fondo porque el tabú del “petróleo de todos los mexicanos” sigue teniendo plena vigencia (no hay manera, por lo visto, de convencer a nadie, en el ámbito de la politiquería local, de que México se encamina fatalmente a la situación más desastrosa desde el punto de vista de la soberanía nacional —tan cacareada, miren ustedes—, a saber, la de una absoluta dependencia del exterior en el apartado de la energía); no podemos tampoco imaginar una verdadera reforma educativa; ni mucho menos una reforma laboral, por ejemplo, que permita a un trabajador afiliarse libremente al sindicato que le dé la gana; en fin, estos cambios, que los haría típicamente la “derecha”, no los está haciendo nuestra derecha. No puede, es cierto. No cuenta con la mayoría en el Congreso y está totalmente sitiada por una oposición desleal (y oportunista hasta los más indecentes extremos). Pero tampoco ha planteado nunca los temas de manera abierta y frontal. Y, por si no existiera ya esta asignatura pendiente, en nada ayuda a México el antiyanquismo del presidente Calderón. Ni le sirve, al Partido Acción Nacional, que un Gobierno panista tenga tan alegres acercamientos con un régimen dictatorial.

Cuando la “derecha” no puede imponer sus principios y sus visiones, por lo menos que guarde las formas. López Obrador, de todas maneras, nunca le va a otorgar el menor reconocimiento a Calderón. Y la “izquierda”, tampoco. ¿Entonces?

Roman Revueltas Retes/mileniodiario

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