Politica Alcoholica

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Fidel Castro pasaba por abstemio. No así su hermano y heredero Raúl, que se agarra unas trompas paquidérmicas. Se dice que Chávez es dos personas. La matutina y la vespertina. La vespertina y nochera es más amable gracias a su amigo el ron. La difunta Reina Madre de Inglaterra, fallecida centenaria, se mantuvo simpática y resuelta gracias a su afición a los «beefeaters» estampados en las botellas de ginebra. Los ingleses siempre han dado ejemplo de talento en la política alcohólica. Así que había comido Sir Winston Churchill en el «Cocq D’or», se presentó en el Parlamento bamboleante y estropajoso. Su implacable adversaria, la sagaz y aguda lady Astor, se lo reprochó: –Señor Churchill, lamento decirle que es usted un borracho–; Sir Winston no era de fácil derrota, y la réplica surgió inmediata: –Y yo lamento decirle que usted es fea. Mi problema es de fácil solución. Pero el suyo no hay quien lo arregle–; Lady Astor, encajó el golpe y volvió a la carga. –Si yo fuera su mujer, le pondría cianuro en el café–; –Y si yo fuera su marido, me lo bebería–. Sir Winston triunfaba siempre.

El que fuera Secretario General de la ONU, Pérez de Cuellar, se metía entre pecho y espalda unos martinis que le ayudaban a escapar de su natural timidez. Lo malo es que, en ocasiones, pasaba de la timidez a los cantos regionales en muy breve espacio de tiempo. Esos martinis a los que José Luis Garci ha rendido homenaje en un libro delicioso. El político más aficionado a los martinis fue el Primer Ministro británico Harold Wilson, laborista él. Su vida se reunió en tres actividades complementarias: los martinis, las mujeres y la política, por este orden de preferencia. Y por aquello del petróleo, visitó oficialmente Venezuela en pos de condiciones favorables para adquirir unos cuantos millones de barriles de crudo.
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Durante el vuelo Londres-Caracas, se alivió con cuatro martinis. Llegado al aeropuerto de Maiquetía, el embajador británico le transportó a su residencia. Esa misma noche, el presidente de Venezuela le ofrecía una cena en su honor. Otro martíni en la residencia del embajador y, ya vestido de gala, al palacio de Miraflores. El señor Wilson llegó a la cena en un estado de considerable embriaguez. Y le encandiló la silueta de una bella mujer de rojo que le daba la espalda. Harold Wilson era directo cuando el ánimo le provocaba primaveras. –Bella dama de rojo, ¿me concede este vals?–. La bella dama de rojo se mostró digna y cortante: –No, por tres motivos, señor Wilson. El primero, porque me conozco bien y no me considero una bella dama. El segundo, porque esto no es un vals, sino el Himno Nacional de Venezuela. Y el tercero, porque soy el arzobispo de Caracas–. Wilson no se amilanó: –He entendido perfectamente su mensaje–.

A cuento viene este largo recorrido para hacerle ver a Moratinos que Chávez y Raúl Castro no son buenos interlocutores en las horas de los atardecielos. En Venezuela y Cuba nos estamos jugando nuestra dignidad internacional, y las gestiones hay que llevarlas a cabo muy de mañana. Todo menos discutir con el daiquiri de ron. En medio está la Justicia, el terrorismo y la prisión y muerte de los disidentes. Moratinos es abstemio. Un abstemio y dos borrachos nunca llegarán a un acuerdo. Ya sabe Moratinos lo que tiene que hacer. Tres ginebrazas. Aunque termine bailando una muñeira.

Alfonso Usia/larazondigital.es

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