No tengo ni idea de ligar

No tengo ni idea de ligar
josep moscardo

En la mesa de al lado a la que yo me tomaba el gin-tonic de media tarde charlaban un hombre y una mujer, los dos
en la treintena. No logré averiguar si eran novios, compañeros de trabajo o amigos de la infancia. En el instante en el que yo ponía la oreja, él decía:
—He soñado que tenía un bultito en el recto.
—Vaya por Dios –respondía ella–, ¿y qué te decía el médico?
—Decía que tenía el tamaño de un garbanzo, aunque una forma muy rara. El caso es que me lo extirpaban y resultaba ser un bebé muy pequeño y fosilizado.
—¡Menudos sueños tienes!
—Me entregaban al bebé y ¿sabes qué era en realidad?
—¿Qué era?
—Un hermano gemelo que no había prosperado y que me tragué sin querer mientras me encontraba en el útero materno.
—¿Qué es eso de que te lo tragaste sin querer?
—Pues que no lo devoré ni nada de eso. El pobre se atrofió y la corriente de líquido amniótico lo llevó hasta mi boca.

La conversación me pareció muy estimulante, de modo que pedí unos frutos secos para acompañar el gin-tonic y me trajeron garbanzos tostados que fui incapaz de comer. Entre tanto, el hombre de la mesa de al lado explicó a la mujer que había más embarazos gemelares de los que creíamos.
—Pero uno de los gemelos –añadió– muere antes del parto y se incrusta de un modo u otro en el sobreviviente. ¿No te has fijado en esas personas que tienen una verruga con pelos?
—Sí –dijo la chica con expresión de susto.
—Pues son en realidad bebés que no llegaron a prosperar, pero que se adhirieron al cuerpo del gemelo triunfante.

Comencé a repasar mi cuerpo mentalmente en busca de un gemelo atrofiado y encontré dos, no en forma de verrugas con pelos, sino de formaciones que el pudor me impide describir con detalle. Y mientras yo contabilizaba los hermanos malogrados que se habían aferrado a mis carnes como a un clavo ardiendo, la chica de la mesa de al lado confesó que ella tenía, debajo del seno izquierdo, una formación extraña.
—¿Un exceso de tejido? –preguntó el chico.
—Algo así, pero no tiene forma ni de verruga ni de peca ni de bulto. Es como una excrecencia carnosa de color rosado.
—Pues va a ser un hermano –dijo él.
—O una hermana –dijo ella.
—Si quieres, te lo miro, a ver si se le ve el sexo –añadió él.
—Vale –respondió ella.
Dicho y hecho, se levantaron y se dirigieron los dos a los lavabos, de donde salieron al cabo de un rato con gesto de satisfacción sexual. Me pareció un modo muy raro de seducir a una chica, pero nunca se sabe.
El caso es que a los pocos días estaba yo tomándome el gin-tonic de siempre con una antigua conocida que me gustaba mucho y le dije que había soñado que tenía un bultito en el recto.
—¿Cómo de profundo? –preguntó ella.
—No sé –dije yo–, como hacia la mitad.
—Pues háztelo ver.
—Pero si te estoy diciendo que ha sido un sueño.
—Hay sueños premonitorios –dijo ella–, yo iría al médico enseguida, por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si acaso es algo malo.
—¿Y si se tratara de un hermano gemelo que no prosperó quedándose alojado en esa parte de mi cuerpo?
—¿Qué estás tomando?
—Un ‘gin-tonic’, como tú.
—¿Y no te has tomado nada antes?
—¿Qué me iba a tomar?
—No sé, un alucinógeno.

No tomo alucinógenos ni nada parecido, aunque me gustan mucho las pastillas de paracetamol con codeína y los caramelos de menta. Total, que no nos fuimos a los lavabos a hacer cochinadas, que era de lo que se trataba (con los trucos con los que unos ligan otros meten la pata). El problema es que me quedé obsesionado con la idea del bultito y pedí hora al médico de medicina general, pues ignoraba si el recto era una especialidad médica. Cuando le dije que había soñado que tenía un bultito en el recto, en vez de hacerme una resonancia magnética o lo que quiera que se haga en estos casos, me dio un volante para psiquiatría. Perra vida.

Juan Jose Millas/interviu

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