Maciel

Maciel

Es cuando menos un asesino emocional que ha dejado muchas almas al borde de la angustia y la desesperación; no sólo a los menores que violó, sedujo o abuso sexualmente, aun sin justicia terrenal; también los que creyeron en él y que hoy —propios y extraños— no damos crédito a lo visto y oído con las últimas declaraciones contra él por sus supuestos hijos en el programa de Carmen Aristegui. (Conste: digo supuestos porque hasta ahora no se han dado a conocer los ADN de los declarantes para saber que efectivamente lo son, al menos de sangre. Las leyes jurídicas no saben sólo de denuncias sin papel que compruebe acusaciones).

Estamos hablando de un enfermo emocional a quien nadie tuvo la oportunidad de atender clínicamente (salvo que el Vaticano se pronuncie por lo contrario). En estas historias truculentas estamos acostumbrados a denostar al caído, sin preguntarnos, por ejemplo, lo que uno de los hijos dijo sobre su tentativo padre: que hacía con ellos lo mismo que su padre —el del acusado— hacía con él de chiquito. Habría que corroborar ese dato porque la historia reclamaría una investigación profunda sobre los orígenes de la familia del victimario, hoy en entredicho (o mínimo que se aclaren las denuncias vertidas ante la Aristegui. ¿El seductor escudaba sus maldades mintiendo de esa manera?).

Lo más seguro de este caso es lo que los Legionarios de Cristo tendrán que pagar moral y económicamente por todos los daños cometidos por su fundador. Son demasiadas las evidencias y todas pueden orillarnos a un veredicto: cometió actos de pederastia, un delito grave en la conciencia moral del seno de su iglesia, y ante cualquier jurisdicción que no sea el cielo. Queda clara también la bisexualidad enfermiza del “detective privado” que le respondía a su esposa con otro nombre; una usurpación de personalidad que brinda un pormenorizado estudio a los dedicados a la psiquiatría. Me parece poquito 26 millones de dólares para los supuestos hijos de ese hombre, porque, de ser hijos legítimos y de sangre, los hace herederos de una herencia maldita, sí, pero que suma cantidades estratosféricas perdidas en los paraísos fiscales, mucho de eso que se ha denunciado sobre el estado Vaticano. Si alguien lo duda que lea el libro de Pedro Ángel Palou: El dinero del diablo.

Me niego a pronunciar su nombre porque es un descendiente de los Borgia.

Braulio Peralta/mileniodiario

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