Lujambio no dijo eso, con un carajo

Lujambio no dijo eso, con un carajo

Alonso Lujambio dijo, literalmente, que nuestra democracia “produce un desperdicio tonto” y decenas de comentaristas en los medios arremetieron contra nuestro ministro de Educación como si hubiera soltado una auténtica barrabasada. No se puede ya decir nada en este país, señoras y señores, porque todo es distorsionado, magnificado, deformado, tergiversado, falseado y adulterado. No es lo mismo, por favor, gruñir que la “democracia es tonta”, que expresar, con toda propiedad, que un sistema político que no aprovecha la experiencia de sus representantes en los cargos de elección popular termina por causar, pues sí, un desperdicio tonto.

A lo mejor lo que ha molestado es el término “tonto”. Por lo visto, la palabra ha de resultarle muy espantable a algunos de esos autóctonos, tan abundantes, que hablan en solemne y que no pueden llamar las cosas por su nombre, ya saben ustedes, los que dicen “convivio” en vez de fiesta, “fallecer” en lugar de morir, “vehículo” por coche, o sea, que se expresan en el acartonado lenguaje de los documentos oficiales aunque estén chupando con los amigotes en la cantina de enfrente (giros como “en el entendido de que”, “lo entregué en tiempo y forma”, “éstos son los elementos que coadyuvan en el proyecto”, etcétera, locuciones espantosas de la buroparla forjadas por empleados estreñidos y enredosos).

Lo que más me llama la atención, sin embargo, es la abusiva embestida del gremio periodístico como si no fuéramos, nosotros, los primerísimos obligados a comprobar la exactitud de los dichos y el contenido preciso de una declaración. Es cierto que hay mucho imbécil suelto por ahí en la subespecie de los politicastros pero, justamente, reconocer las diferencias entre los cretinos y los ilustrados es, aparte de una obligación profesional que tenemos, un asunto de simple decencia. Pues eso.

Roman Revueltas Retes

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