Los toros

Los toros
Se preguntarán ustedes si se puede ser a la vez protaurino y antitaurino. Pues se puede. Yo allá en mis antigüedades, que es como mi hija llama a mis años mozos, fui un punto fijo del Tendido del Siete, y no renunciaba a mi escaño en Las Ventas, por San Isidro, ni aunque las más negras tinieblas agitaran los aires y todo presagiara la suspensión de la fiesta. Recuerdo, por ejemplo, que imperaban dos normas no escritas: allí no se iba ni a comer ni a charlar. Se iba a callar, a esperar y a sentir. Desde allá arriba, no le veías a la fiera la sangre, ni el aliento, ni el cuerno punzante o afeitado, y tampoco le veías a los diestros esa piel transparente, deshabitada, como de cirio pascual, que se les pone cuando el bicho se arranca. Sólo veías esa especie de danza litúrgica o parábola exquisita que traza el toro alrededor de un hombre que, burla burlando, lo espera para matarlo. El tiempo se apelmazaba unas veces en un hastío de casino provinciano y otras veces estallaba en un carmen, en un amor brujo, en unas bodas de sangre.
Hace mucho que no voy a los toros. No me gusta ver sufrir a los animales. Tampoco voy a los desolladeros, ni a las granjas de cría intensiva, ni a las matanzas del cerdo, ni a las almadrabas, ni a las cacerías de fin de semana. Pero hoy en casa, de segundo, tengo chuletón. La lidia es el despliegue de una verdad terrible y fascinante. Nada ni nadie vive sin que otra cosa muera. Podemos asumirlo o preferir que ocurra en la trastienda. Pero creo que lo noble, lo valiente, es tenerlo, como un toro, delante.
Laura Campmany/abc.es

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