La muerte de Cd. Juárez en mi corazón

La muerte de Cd. Juárez en mi corazón

Es una especie de tristeza y de melancolía, que pudieran semejarse pero no son lo mismo, en mi caso la tristeza se aposenta con la pérdida inmediata, y la melancolía es producto del tiempo, de lo supuestamente poseído sin ser estrictamente cierto…un amor, una casa, un logro…el primero efímero, el segundo agrandado por el recuerdo tramposo, luego el tercero, pobre, imaginado nada más… La melancolía tiene otras especias, quizá canela y enebro, sal de mar y miel de Calcuta…lo inaprensible para uno mismo; es en mucho querer desesperantemente anhelar lo perdido adornándolo de lo no tenido. Así se escriben las novelas, vaciando en ellas todo lo no alcanzado, la pasión compartida, el perro fiel, el cuarto de balcones inexistentes, el patético palacio de Mayerling, donde murieron los príncipes por puro amor, a un pasito de Viena, la gran íntima tuya ciudad de la nieve, los pasteles y la ópera. A Ciudad Juárez la pienso con pesadumbre. La conocí de paso, que es una instancia para ella apetecible. Íbamos en un camión miserable, absolutamente helado (nunca he sentido tantísimo frío, ni en Guanajuato, ni en Celaya, ni en Xalapa, ni en Moscú) me tocó viajar junto a un joven esmirriado que iba a debutar en Juárez como torero ¡háganme ustedes el favor! Con la helada lo enseñé a forrarnos de periódicos siempre presentes en mi vida. Piernas, pechos, brazos, cabezas. Llegamos ateridos y al día siguiente lo vi irse a la plaza a las diez de la mañana, vestido de fachas, claro, yo creo que para ganar lugar. Lo olvidé. Visité la ciudad antes de pasar al “otro lado” donde iba a realizar unos telones pintados en el suelo para teatritos de escuelas. Creo que lo corneó el toro y se murió. Yo caminé la calle principal de a seis, un poco miedosa, lo confieso: un comercio formidable en nada parecido al de mi tierra adentro, había muchos hombres sospechosos vendiendo o llamando a algo, mujeres semi encueradas paseando como si nada, joyerías con cadenas de oro para pechos peludos de hombres o brazos musculosos de guaruras. Casas de cambio. Tiendas a montones de ropa barata, calzones, cobijas y cuanto hay. Restaurantes, claro. Cabaretes trabajando desde la mañana. Señoras comprando y borrachos gringos por doquier. Curada de espanto

Mi Ciudad Juárez era una feria, un casino, un desmadre pues, pero llena de vida, no tenía nada que ver con mi provincia del Bajío, atemorizaba, es cierto, pero estaba llena, atiborrada de vida. Hoy no conozco esa Ciudad Juárez. La volví a visitar muchas veces para ganarme la hogaza dando conferencias y yendo a comer la deleitosa incomparable comida china que ya quisiera para un día de fiesta el meritito Pekín, como se los dije a los chinos en un viaje mágico y me vieron con sus ojos de rayitas asustados de mi barbaridad. Es que la comida china de Juárez, de Ensenada, de Tijuana, es de tal magnitud exquisita como ninguna otra en el mundo ni siquiera Shangai y su opio histórico. Mi ciudad Juárez ya no existe. Hoy es sangre, dolor, gritos de angustia, crimen y desdicha. Quedan los platillos exquisos…¿Me invitas?

Maria Luisa Mendoza/exonline.com

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