La doble cara eclesial

La doble cara eclesial

 

Mientras por un lado vemos una férrea condena de la Iglesia católica a la homosexualidad —y su consecuente oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo—, por otro lado atestiguamos la blandura con que esa misma institución trata los numerosos casos de paidofilia cometidos por miembros del clero, como ocurrió con el pederasta en serie Marcial Maciel, a quien incluso el papa Juan Pablo II encubrió —a cambio de favores económicos— presentándolo como “ejemplo para la juventud”. Frente a la homosexualidad, rigidez e intolerancia sin contemplaciones; frente a la pederastia clerical, misericordia y protección. Estas dos caras de la Iglesia parecen tener una misma raíz: la concepción de la sexualidad como algo pecaminoso, algo que hay que contener, reprimir en la medida de lo posible, y que puede generar graves desórdenes entre sus miembros. Visión que contrasta con la de otras religiones y filosofías orientales, que ven en la sexualidad no sólo algo natural, sino una poderosa fuente de energía que, aceptada y canalizada —en lugar de negada y reprimida— puede ser incluso una palanca de evolución espiritual (como ocurre con el tantra o el taoísmo sexual).

La actitud represiva hacia la sexualidad se remonta a los primeros años del cristianismo. Decía san Clemente de Alejandría que incluso la unión entre esposos “es peligrosa, excepto en cuanto se ocupe en la procreación”. Concepción que todavía impregna la idea católica del matrimonio (y que deja en una especie de limbo a quienes contraen nupcias sin intenciones de tener descendencia, por la razón que sea, bien porque no la desean, por razones económicas o porque han tenido ya hijos con otras personas). San Agustín, uno de los pilares de la Iglesia, pensaba que el pecado de Adán está en la “naturaleza del semen del que fuimos propagados”. Habiendo llevado él mismo una vida promiscua en sus mocedades —cuando procreó y abandonó un hijo ilegítimo—, se quejaba del deseo sexual, “esa excitación diabólica de los genitales”. Y san Jerónimo advertía: “Considerad como veneno a todas las cosas que guarden dentro de sí la semilla del placer sensual”.

 La doble cara eclesial

Esa percepción oscura de la sexualidad fue exportada a nuestro país durante la Colonia, pues entre los nativos de acá no había esa visión propiamente pecaminosa. “Ellos andaban todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres”, decía Colón de los indígenas: “Usan el coito públicamente cuando tienen deseo y, fuera de los hermanos y hermanas, todos los demás les son comunes; no son celosos, no muy lujuriosos, acaso porque comen mal”. Entre los pueblos prehispánicos, la homosexualidad era vista con naturalidad. “Son grandes sodomitas — pensaba Colón— porque no saben si ello es malo o bueno”. Pero otros conquistadores no veían las “sodomías” como producto de inocencia, sino de perversidad: “Hemos sabido y sido informados de cierto, que todos son sodomitas y usan aquel abominable pecado”, reportaba Hernán Cortés. Juan Ginés de Sepúlveda sostenía que la Corona tenía derecho de someter a los naturales americanos antes de proceder a su forzada evangelización, debido a la gravedad de los pecados contra natura cometidos por los indios, como los sacrificios humanos, el canibalismo y las sodomías (para él, equiparables). Ya durante el virreinato, el padre Juan Antonio de Oviedo predicaba que se cometía pecado quien consintiera placer fuera del matrimonio, así fuera como consecuencia de actos nimios, como hablar, escuchar y, con mayor razón, “tomar la mano de otra persona”.

En contraste, la pederastia practicada por clérigos ha llegado a ser considerada una comprensible debilidad que refleja que esos guías espirituales son simplemente humanos, sujetos por tanto a las mismas pasiones y tentaciones que sus feligreses, por lo cual éstos deben brindarles su plena confianza al sentir mayor cercanía con su propia situación de pecadores. Una gran misericordia cristiana desplegada hacia los pederastas clericales, que no se concede a otros “trasgresores” de la sexualidad, como quienes sostienen relaciones extra o premaritales, disfrutan del sexo evadiendo la procreación y, desde luego, mantienen encuentros homosexuales. Y por ello no debe sorprender que los feligreses y los discípulos de algunos pederastas clericales, y sus encubridores del más alto nivel, busquen beatificarlos o santificarlos.

Jose Antonio Crespo/exonline.com.mx

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