La ciudad de México: mujer barbuda (y 2)

Para la prensa internacional, el D. F. se ha convertido en algo así como la mujer barbuda del circo; ejerce la elocuente fascinación del defecto: los reportajes hablan de la contaminación, la inseguridad, los temblores, las amenazas intestinales y el incierto folklor de nuestras salsas. Y sin embargo, no podemos romper el cordón umbilical con México (cuya posible etimología es “ombligo de la luna”). Lunáticos y edípicos, nos parecemos al Don Juan de Rake’s Progress, la ópera de Stravinski con libreto de Auden: acabamos enamorados de la mujer barbuda.

Juan Villororo · Mapas

En la ciudad de México la costumbre no se repite, se improvisa. Incluso la corteza terrestre confunde las épocas con inestable actitud. El terremoto de 1985 desconcertó a los expertos porque el subsuelo se movió como si ignorara las leyes de la física. Después de seis años de estudiar el enigma, el sismólogo Cinna Lomnitz llegó a la siguiente conclusión: en la mañana del 19 de septiembre de 1985, la ciudad de México fue un lago; las ondas sísmicas se desplazaron como olas.

Los aztecas fundaron su capital en un islote y ganaron terreno al agua. Los conquistadores españoles que habían hecho la guerra de Italia no vacilaron en comparar a Tenochtitlan con Venecia. La ciudad fue secada durante siglos y las calles surgieron del lecho de los ríos. En el casco urbano, el principal recuerdo lacustre son los edificios coloniales que se hunden como navíos a punto de naufragar.

La memoria del agua establece un vínculo con los orígenes. Desde el punto de vista sismológico, aún estamos en una cuenca navegable: nuestros coches viajan sobre un lago implícito.

En un sitio donde la corteza terrestre responde a un pasado primigenio, ignorado por la superficie, no es de extrañar que las temporalidades se crucen. No hay forma de instalar líneas de teléfonos en el centro de la ciudad sin practicar una arqueología accidental. Aunque los técnicos no busquen otra cosa que un resquicio para sus cables de fibra óptica, encuentran puntas de obsidiana, noticias del mosaico indígena.

Pero hay comunicados más recientes de los antiguos pobladores del valle. De acuerdo con el Instituto Nacional Indigenista, en la actual Tenochtitlan cerca de dos millones de indios conservan sus usos y costumbres.

Juan Villororo · Mapas

Aunque toda metrópoli se erige contra la naturaleza, pocas han tenido la furia destructora de México D. F. Una vez anulada el agua, el horizonte de destrucción fue el cielo. El paisaje urbano está determinado por estas pérdidas fundamentales. Hace algunos años, al visitar una exposición de dibujos infantiles, comprobé que ningún niño usaba el azul para el cielo; sus crayones escogían otro matiz para la realidad: el café celeste.
Quien aterriza de noche en la ciudad de México siente que llega a una galaxia desordenada. Sin embargo, esa marea encendida, que ocupa el valle entero, sigue creciendo. Su lógica exige la expansión continua. ¿Hacia dónde puede proseguir? Todas las flechas apuntan hacia abajo. El subsuelo recorrido por el metro es nuestra última frontera. Más allá de los imperativos geológicos, esta dinámica tiene una fuerta carga simbólica. En la mitología prehispánica, la vida comienza y termina bajo la tierra.

Borges resumió en dos versos su atribulado fervor por Buenos Aires:  “No nos une el amor sino el espanto/ será por eso que la quiero tanto”. Los contradictorios placeres de la ciudad de México son de este tipo. A diario juramos abandonarla y a diario nos entregamos a su abrazo; es la irrenunciable compañía que merecemos. Que otros vivan en las ciudadelas del orden y el tránsito feliz. Nosotros exigimos el carácter complicado y la belleza ambigua de la mujer barbuda

Juan Villoro.

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