La batalla del Zòcalo

La batalla del Zòcalo

Disfrazados de merengueros llegaron los primeros comandos al Zócalo. Fue el martes. Eran las 5:00 en sombra de la tarde, eran las 5:00 en todos los relojes. Entraron por 20 de Noviembre y se colocaron en el frente sur, levantaron barricadas y echaron volados para subrayar las características de su aparente oficio. Tenían presentes las lecturas de Homero, La Ilíada y su canto a la guerra de los aqueos.

Disfrazados de empleados que salen a fumar a la calle llegaron por Pino Suárez cubiertos de nubes de humo y se parapetaron en la esquina que forman Corregidora y Palacio. Acababan de estudiar a Leónidas, rey de Esparta, cuando con 300 hoplitas lacedemonios intentó detener las tropas de Jerjes I en el desfiladero de las Termópilas, en Lócrida oriental, pero fue derrotado.

Disfrazados de fritangueros llegaron por Moneda buscando El Nivel que, por omisión de la inteligencia, ignoraban que cerró hace cinco años y empezaron a vender tacos de canasta cerca de las ruinas del Templo Mayor. Revisaron horas antes los partes de Stalingrado para no cometer los errores de Von Paulus que llevaron a la destrucción del VI Ejército alemán y cambiaron el destino del frente ruso y de la Segunda Guerra Mundial.

Disfrazados de limpiadores de parabrisas entraron por 16 de Septiembre y se instalaron en el Portal de Mercaderes para protegerse por si llovía esa noche.

Sabían que las noches son propicias a las malas sorpresas, díganlo si no los ingleses que soportaron la blitzkrieg alemana y los pilotos que hicieron proclamar a Winston Churchill “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”.

Disfrazados de niños cirqueros con globos en las pompas llegaron por 5 de Mayo, se instalaron frente a Catedral y le pidieron al campanero que esa noche no repicaran las horas, para confundir al enemigo. A un juego de tiempos atribuyen algunos la suerte de la flota turca al mando de Alí Bajá en Lepanto, donde Cervantes sufrió la herida en un brazo y la calificó como la más grande de las batallas, ganada por la Santa Liga encabezada por don Juan de Austria.

Disfrazados de trovadores de cantina entraron por Madero ocultando sus armas en las guitarras con la astucia de Nelson en Trafalgar que llevó su flota al triunfo sobre la fuerza naval conjunta de España e Inglaterra.

Disfrazados de marías entraron por Tacuba. Los inspiraba Napoleón en Austerlitz, en la batalla de los tres emperadores, en la que el francés hizo trizas a los de Austria y Rusia.

Establecido el cerco se impidió el paso de vehículos y peatones. Durante más de 24 horas la vida cesó en calles, viviendas, talleres, oficinas y fondas.

En la retaguardia, es decir, en el resto del país, se instrumentó una cuidadosa maniobra de distracción. Se supo, por ejemplo, que ocho millones de mexicanos se agregaron en los últimos cuatro años a los de pobreza extrema. Que desde ayer la gasolina cuesta ocho pesos el litro. Que el secretario de Comunicaciones, presunto culpable de la muerte por incineración de 49 niños y de lesiones a otros 70, no renunciará.

El presidente del partido en el poder confiesa que es mentiroso en un negocio tan turbio que debería bastar para que se fueran a sus casas los protagonistas, los que pactaron que un partido impusiera candidatos a cambio de que el gobierno federal lograra aumentarnos los impuestos.

El diputado César Augusto Santiago, presidente de la Comisión Jurisdiccional, pide que Felipe Calderón pruebe que pagó primeras planas “en la prensa nacional”. (Véase mi Bucareli “Tarifa secreta” del pasado lunes). El diputado Santiago sentenció: El Presidente “ha mentido, clara, llana y categóricamente”.

Pero volvamos al campo de batalla. No hubo bajas. El operativo resultó de un éxito ejemplar. Todo el mundo fue mantenido a raya. Fue una noche serena, tibia después de tantas de duro cierzo invernal. Un amanecer dorado. Un día apacible. Pero ninguna descripción de batalla es completa si no se explican sus causas.

La noche del miércoles el presidente Felipe Calderón inauguró en el Zócalo una exposición a la que el jefe de Gobierno del Distrito Federal fue “desinvitado” a inaugurar la víspera. Había que evitar un madrugón.

Y así el presidente don Felipe logró abrir sin contratiempos una exposición de fotos. De fotos. ¡Qué bárbaros, de fotos! ¡Qué idea! A nadie se le había ocurrido desde que hace casi dos siglos se inventó la fotografía, ¡por fin: fotos de chinas poblanas, de niñas gorditas y chapeadas, de morenas con trenzas! Ni en los calendarios de la cerveza Sol. ¡Qué brutos, cómo lo habrán logrado! Al Zócalo debían unir la Plaza Roja, la de San Pedro, la Mayor de Madrid, la Garibaldi y hasta la México en día sin corrida. ¡De fotos! ¡Oh! Paténtenlo. ¡Guau! Y no son pocas. ¡Oh! ¡Son hartas fotos! ¡Oh! Valió la pena el combate.

Cantemos victoria.

Jacobo Zabludovsky/eluniversal.com.mx

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