Haitianas (V): François Dominique Toussaint

 

Haitianas (V): François Dominique Toussaint

Cómo en un espacio tan pequeño pueden pasar tantas cosas y tan complicadas. A lo mejor por eso mismo. La estrechez a menudo no hace sino dificultarlo todo. Coger dentro de un coche, por ejemplo, resulta una tarea ardua. Si no lo ha hecho nunca, vea la extraordinaria película de Elio Petri La clase obrera va al paraíso. Ya es vieja, si es que las buenas películas envejecen.

Porque es como decir que En busca del tiempo perdido es una novela vieja. Y del Ingenioso Hidalgo ya ni hablemos. Es viejísima. Ningún interés. Lo triste es que tanto al Quijote como al Tiempo perdido los puede usted encontrar en librerías. En principio. En cambio, La clase obrera no la encuentra ni en Beta, vaya. Si no la vio, pero tiene una compu relativamente grande, la podrá bajar de Vuze y Torrent. Se la recomiendo, gozoso lector, de manera entusiasta. Es más, en este mismo momento decido hacerlo yo también. Nomás pa’tenerla y poderla disfrutar, entera o por fragmentos, cuando se me antoje.

El caso es que, en la cinta, el protagonista Lulú, obrero en una gran fábrica de ya no sé qué, interpretado por el grande de grandes Gian-Maria Volonté, se liga a una de las trabajadoras y deciden hacer el amor en el estacionamiento, dentro de un coche. De un cinquecento. Una mirruñita como las que, dicen, la Fiat —es decir la Chrysler; quién sabe quién compró a quién— va a construir en México.

No sé bien qué produce en el espectador la escena en cuestión. Por un lado se troncha uno de risa. Pero por otro hay un sentimiento de angustia, de claustrofobia e imposibilidad —impotencia— ineludibles. Como en la secuencia inicial de esa otra joya cinematográfica italiana, 8 ½, en la que un pobre hombre no puede evitar un ataque de pánico al verse atrapado en un embotellamiento monumental.

En fin. Vamos a lo nuestro. La isla en la que se encuentra Haití fue llamada La Española por el mismísimo Gran Almirante, en un tiempo en que no se sabía bien a bien qué diantres era España (hoy todavía no se sabe). Ha de tener una superficie equivalente a la del estado de Zacatecas. Y la República de Haití ocupa un territorio de menos de la mitad, menor que el estado de Puebla, digamos.

Pues la historia de esa madrecita, de ese cinquecento marítimo, es peliaguda y feraz. Toda historia lo es, reconozcamos, pero la de Haití, sorprendentemente, en grado mayúsculo, mucho mayor que el de muchas de sus hermanas patrias latinoamericanas.

Los españoles se encargaron de exterminar a la población local no bien terminado el siglo XV. En particular la de los reinos —cazicazgos los llamaron los conquistadores procedentes del cazicazgo de Castilla— de Marién y de Xaragua, que corresponden al actual Haití.

Muy especialmente ahorcaron a la legendaria reina Anacaona. Es fray Bartolomé el que relata, en su Brevísima crónica, cómo recorrió en barco todas las islas del Caribe central, que él había visitado 15 años antes y las había visto pobladas y prósperas, y las encontró desiertas. “En todas ellas no hallamos sino siete sobrevivientes”, cito de memoria. Y La Española había pasado, de 60 mil habitantes en 1508, a 600, en 1531, como afirma en su Historia general de las Indias. Se había salvado —es un decir— una de cada cien personas.

Así, la no tan antigua Quisqueya fue extinguida. Y los taínos borrados de la faz de la Tierra. Y ya desde el siglo XVI fue repoblada con esclavos traídos del África negra. Genial cabriola, vive dios. Pero incluso cuando, a inicios del XVII, la ya llamada isla de Santo Domingo estaba 95% poblada por negros o mulatos, el gobernador ordenó las terribles y que hoy son conocidas como devastaciones de Osorio.

Los esclavos eran utilizados en las encomiendas locales o bien, cada vez en mayor proporción, exportados hacia las colonias inglesas de Norteamérica. La isla ocupa un lugar privilegiado en el mapa de las rutas náuticas, que la convierte en presa codiciada por los tres grandes imperios de la zona y de la época: ingleses, españoles y franceses. Y son estos dos últimos los que logran establecer su hegemonía al oriente y al occidente, respectivamente, de Santo Domingo.

A finales del XVIII adviene la República Francesa. En Haití se anhelan aires nuevos y frescos. Pero no. Los vientos siguen trayendo hedores pútridos. Los revolucionarios de la metrópoli no suprimen (qué desmadre conjugar el verbo “abolir”) la esclavitud. La rabia y la frustración se apoderan de los habitantes más avanzados de la colonia.

Y la ira engendra esa figura maravillosa, mágica, impensable, que conducirá a los haitianos hacia la emancipación. “Hermanos y amigos. Quizás ya han escuchado mi nombre. He iniciado la venganza de mi raza. Quiero que la libertad y la igualdad reinen en Santo Domingo. Trabajo para que existan. Únanse a mí, hermanos, y luchen por la misma causa. Juntos arranquemos de raíz el árbol de la esclavitud”, proclama. Se llama François Dominique Toussaint. Todos los santos. La gente, su gente, pronto lo llamará Louverture. La apertura o la obertura, como usted prefiera, hacia la manumisión y la soberanía.

Louverture, después de mil peripecias y estratagemas asombrosas e inverosímiles, morirá en la prisión francesa del Fort de Joux, en 1803, un año antes de su victoria. No sólo hizo de su patria la primera de América Latina en liberarse del yugo colonial, sino que representó el primer discurso y el primer movimiento serios contra el esclavismo en el mundo.

Su nombre es mucho menos conocido que el de George Washington, Miguel Hidalgo, José Martí, Simón Bolivar, Antonio de Sucre, Bernardo O’Higgins o José de San Martín. Quizás porque todos ellos son criollos. Y él era negro. Negro.

Marcelino Perello/www.exonline.com.mx

*Matemático

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