Gran Via

 Gran Via

Cuando en Madrid aún había gallinas, artesas en la ribera del Manzanares, zarzuelas y churrerías, se inventó la Gran Vía, una puñalada de luz al corazón del casticismo, una mano abierta al aire. La Gran Vía nos hizo libres; nació para ser Broadway, y significa lo mismo; degeneró en cabarés para estraperlistas y no fue lo que debió haber sido, la ciudadela de sueños luminosos aunque yo recuerdo a Ava Gardner tapando los boquetes del cielo.

En Semana Santa habrá una gran tarta con 100 velas en la calle que retrató Antonio López con luz apastelada, un poco Nueva York cagata con toque de rascacielos estalinista. Los comerciantes, los amigos de la Gran Vía, apagarán las 100 velas de una urbe o verdú, que dicen los gitanos, que vino al mundo en época de magnicidios.

El alcalde Gallardón cortó la cinta del aniversario con un christmas extraño, un texto de Ramón: «La Gran Vía es el escape progresivo del hombre montado sobre el alcotán valeroso, y los que le vimos nacer, nos guiamos por la vieja alegría para remontarla, un poco ciegos del tiempo». En principio no entendí el mensaje, aunque alguien sabio me explicó que era el vuelo de Madrid al Poniente, a la modernidad, para que las golondrinas pudieran torcer con alegría las esquinas.

La Gran Vía llegó a los noticieros en las navidades de 1959, en el momento en que Ike, vencedor de la Alemania nazi, la cruzó en coche descubierto, meses después de que Bahamontes ganara el Tour, el día que yo conocí a una yanqui con bragas de plata y pepitilla de oro. Madrid dejaba de ser poblachón, luz fuerte frente a sombra oscura, el cero y el ombligo de La colmena.

Siempre nos dieron el coñazo diciendo que mejor para la Península hubiera sido la capital en Lisboa o Barcelona. Borges mismo piensa que Madrid, fuera de la Plaza Mayor o del Viaducto no vale nada, porque la Puerta del Sol es bastante desdichada, y «la Gran Vía, bueno, es más o menos un sainete, en Madrid todo parece servicio doméstico». Eso no deja de ser una gilipollez, aunque lo dijera el genio.

Gran Via

Por Gran Vía pasea el espectro de Dos Passos, lencería cubierta de sangre, un millón de cadáveres, la resaca de los corresponsales, entre troteras y dólares cuando se cometían crímenes para dar coba. Amamos la Gran Vía babilónica, donde se vendían bocatas de nieve, entre maderos y puchantes, y nunca se sabía si el camello era Menéndez Pelayo. La calle nació cuando solo había 700 bugatas y los periódicos costaban una perra chica. La inauguró Canalejas, anticlerical con barba, bigote y chistera.

Después le dieron matarile en la Puerta del Sol.

Raul del Pozo/elmundo.es

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