En voz alta

En voz alta

Sólo nos enteramos de lo que nos pasa a nosotros, frente a nosotros. Y si me apura ni eso. Pero del resto sólo sabremos lo que se dice que pasa. Lo que alguien dice de lo que pasó. De manera que si queremos medio saber qué es lo que sucedió y sucede habrá que aprender a leer entre líneas y a escuchar entre frases. Aprender a oír los silencios.

El canal español de televisión Antena 3 transmite un spot publicitario en el que dice algo así: “Algunos lo ven de cerca, otros prefieren no mirar. Hay a quienes les incumbe, otros a los que no les interesa. Hay quien cree que no debería pasar, y quien dice que es inevitable. Lo importante es que te cuenten las cosas como son. Antena 3: Sólo noticias”.

Ignorancia y tontería trenzadas. No. Para hacer una trenza se necesitan tres: ignorancia, tontería y mala fe. Ganas de vender, de tomar el pelo. Las cosas nunca son, así nomás. Es preciso decirlas. Sólo existen mediadas por la palabra. Todo está en el decir. En quién lo dice y cómo lo dice. Así que si ve usted un noticiero de Antena 3 no pierda de vista, por nada del mundo, que lo que ve y escucha está en Antena 3. Que es Antena 3 quien le cuenta “las cosas como son”. Como dice Antena 3 que son las cosas.

Por lo visto, los profesionales de la noticia, como se precian de serlo los informadores del canal español, ignoran que las noticias no están ahí esperando que alguien se fije en ellas, como putas de banqueta. Las noticias se construyen. Ese es precisamente el oficio de los periodistas. Son constructores. Ingenieros o albañiles, de la información.

Lo invito a que practique el siguiente juego. Ya sé que los juegos de sobremesa y en las tertulias caseras han pasado de moda. He ahí una manifestación más de la miserable decadencia que aqueja a la sociedad industrial. En esa calidad es que cualquier miércoles de éstos me ocuparé de ella.

El que le propongo es especialmente divertido y edificante. Se elige a uno de los presentes para que, por tiempo de un minuto, haga y/o diga algo. Con o sin sentido. Una sola cosa o varias, una después de otra. Lo que él quiera, como él quiera. Los demás lo observan y, si quieren, toman notas. Terminada la actuación, el performance, todos proceden a escribir, a describir, en exactamente diez líneas, lo que el otro hizo y/o dijo. Es importante que todos pongan su nombre y que tengan una hoja de papel igual.

Entonces alguien es designado para que lea sucesivamente cada una de las versiones, previamente barajadas, sin dar el nombre del autor. El resto deberá adivinar de quién es cada una. Por cada acierto gana un punto. Y vuelta a empezar. Otro de los asistentes hará su número. Hasta que sea el momento de dar por terminado el ejercicio. Gana, claro, el que más puntos haya obtenido.

No obstante, lo atractivo, lo apasionante, diría yo, no es tanto ganar, sino constatar hasta qué punto los relatos son diferentes. Hasta el grado que parecen contar episodios distintos. En otro lugar o en otra ocasión. No faltarán los reclamos: “¡Tu descripción es malísima; no hablaste de tal cosa!” “¡Tú tergiversaste en cambio lo más importante!” Reproches inevitables y muy entretenidos.

Al final de la sesión, al cabo de tres o cuatro vueltas, ya seremos capaces de asignar un estilo e incluso cierta significación a los olvidos y a los énfasis de cada uno. Obviamente esta interpretación variará según quien la realice. Cada uno de los sicoanalistas silvestres presentes obtendrá sus respectivas conclusiones. Por lo visto, sólo Antena 3 sería capaz de contarnos qué pasó realmente.

De sólo contárselo ya me dieron ganas de hacerlo. Ni sé cuándo lo practiqué por última vez. Está por demás confesar que soy el primero sumido en esa desidia que tan hipócritamente denuncio. Así que voy a comprar dos tres quesos, cuatro cinco fiambres, seis siete botellas, e invitaré a ocho nueve amigos para que lo juguemos.

Me conduce a esta cavilación, que no deja de ser un lugar común, el caso del disidente cubano Orlando Zapata, fallecido cuando llevaba, dice Antena 3, casi tres meses en huelga de hambre, como reivindicación de su condición de preso político y en denuncia de la situación de otros encarcelados en la misma calidad.

El episodio protagonizado por Zapata encontró continuación en otra huelga de hambre, la que habría iniciado el periodista Guillermo Fariñas, el 24 de febrero, y en la que aún se encontraría. Por otro lado, pero en el mismo sentido, tuvieron lugar, creo, dos manifestaciones de un grupo numeroso de mujeres vestidas de blanco (no acabo de entender la reciente y mundial predilección de los reaccionarios por el color blanco; ha de ser por aquello de la pureza) en apoyo de los huelguistas de hambre.

He leído acerca de los hechos algunas consideraciones interesantes y dignas de atención, ahogadas en un mar de sandeces o perdidas en medio de una densa nube de contaminación mediática. Mientras espero que aparezca Antena 3 al rescate, me pondré a escribir en voz alta.

Marcelino Perello/exonline.com.mx

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