En el silencio de la madrugada

En el silencio de la madrugada

Estoy clavando una escarpia en la pared, para colgar un cuadro. Cuando mi tacto percibe que he llegado al ladrillo,
golpeo con fuerza. En vez de agujerearse, se rompe y lo que pretendía ser un orificio se convierte en un boquete. La escarpia, según las instrucciones, no necesitaba taco de plástico. Paciencia. Al limpiar los bordes de la brecha, me parece observar en el interior del ladrillo algo que brilla. Enfoco la luz de una linterna y adivino que lo que brilla es una especie de papel de celofán. Introduzco un lápiz y hago presión con su punta sobre el objeto sin lograr averiguar de qué se trata. La posibilidad que de que haya tropezado sin querer con un tesoro me excita, de modo que tomo de nuevo el martillo y con la ayuda de un destornillador agrando el boquete para averiguar qué rayos he descubierto.

Si mis ojos no me engañan, es un paquete de tabaco, de la marca Winston. Introduzco un dedo y el tacto confirma mis sospechas. ¡Qué raro!, me digo. Como no tiene sentido que alguien escondiera allí unos cigarrillos, deduzco que el paquete debe de contener otra cosa. Pero para sacarlo de donde se encuentra, es preciso hacer más grande el boquete.
—¿Qué haces? –pregunta mi mujer, que ha acudido al escuchar los golpes.
—Colgar un cuadro –digo yo.
Tras sus críticas, le muestro el descubrimiento y se queda tan asombrada como yo. ¿Qué hacer? Evidentemente, destrozar la pared. Si cerráramos el desperfecto sin averiguar qué es lo que hemos enterrado, nos pasaríamos preguntándonoslo el resto de la vida. Dicho y hecho. Coloco unos papeles de periódico en el suelo y me abro paso hasta llegar al objeto de nuestros deseos. Lo saco. Se trata, en efecto, de un antiguo paquete de Winston sin abrir. Decepción momentánea, aunque sólo sabremos si contiene cigarrillos u otra cosa hasta que lo abramos. Lo abrimos con cuidado, para no dañar su misterioso contenido. Pero dentro del paquete no hay más que cigarrillos, veinte, en perfecta formación. Los sacamos de manera ordenada, observándolos uno a uno de forma minuciosa, por si acaso. Nada, son cigarrillos. Mi mujer y yo nos observamos perplejos frente a la pared agujereada. Los dos tenemos en la garganta y en la lengua el sabor de la cal, del yeso, del polvo de ladrillo. Ella introduce su mano en el receptáculo donde se encontraba el paquete, por si hubiera algo más, pero no encuentra nada.

Abatidos, tomamos la escoba y el recogedor para limpiar lo que ha caído fuera de los papeles de periódico. Tras lavarme las manos, tomo los cigarrillos y vuelvo a meterlos, uno a uno, en el paquete, que guardo en un cajón de mi mesa de trabajo. Durante la cena, comentamos lo absurdo de emparedar un objeto de esa naturaleza. Mi mujer aventura que quizá un albañil lo olvidó del mismo modo que los cirujanos olvidan a veces las tijeras o las gasas en el interior del cuerpo que acaban de operar. Asiento por zanjar la cuestión, pero estoy convencido de aquel paquete de Winston había sido abandonado allí de manera intencionada. Antes de acostarme, y utilizando el sistema tradicional (taco de plástico) cuelgo el cuadro de manera que tape el desperfecto, hasta que venga alguien a arreglarlo.
Por la noche, en la cama, continúo dándole vueltas al asunto. Me cuesta aceptar la frustración de que un hallazgo de esa naturaleza carezca de sentido. A eso de las cuatro de la madrugada, me levanto sigilosamente, voy a mi cuarto de trabajo, recupero el paquete, lo vacío de nuevo y observo con detenimiento, por dentro y por fuera, todas sus caras, por si hubiera en ellas algún mensaje escrito. Tampoco nada. A medida que vuelvo a meter los cigarrillos, me entran unas tentaciones insoportables de fumar. Dejé el tabaco hace quince años y sé lo arriesgado que resulta caer de nuevo en el hábito. ¿Y si para recibir el mensaje fuera preciso fumar?, me pregunto absurdamente.
La casa está llena del silencio característico de la madrugada. También de sus sombras. Solo yo me encuentro despierto, lo que me proporciona un raro sentimiento de impunidad. Sin saber muy bien lo que hago, o sin querer saberlo, voy con un cigarrillo hasta la cocina, tomo el mechero, lo enciendo y le doy una calada tímida, casi sin tragarme el humo. Después, una segunda, esta vez más profunda. Siento un leve mareo, un desmayo sutil. Me gusta. Pensando en mis cosas, en mi vida, acabo con el cigarrillo. Me ha sentado muy bien, aunque no volveré a fumar, me digo. Solo me fumaré este paquete y ya. Es lo que hago a lo largo de veinte noches, yo solo, en el silencio de la madrugada.

Juan Jose Millas

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