El viejo amigo a vuelto

El viejo amigo a vuelto

Parecía que este día nunca, jamás de los jamases, iba a llegar. Algunos ya creíamos que, definitivamente, había dimitido. Que lo habían cesado más o menos fulminantemente. Que el rayo de la prejubilación había caído, mortal y certero, sobre él. Pero no, el viejo amigo ha vuelto. Un poco achacoso todavía, casi renqueante, tímido, como si le diera aún algo de corte, que el invierno ha sido largo, más largo que un día de noviembre sin un mendrugo que echarse a la boca, largo y duro como la travesía por el desierto de la melancolía, largo y cruel para todos nosotros, que sabemos que detrás de un desierto siempre hay otro desierto, conocedores de que quien destruye un puente construye un abismo. Pero ha vuelto, y eso es lo que nos debe alegrar hora, lo que hemos de celebrar como hombres, a pecho descubierto, con la cabeza bien alta, con la serenidad que da el deber cumplido, el estar donde teníamos que estar, sin movernos un ápice, deshechos pero eternos como las ruinas del Partenón, como los escombros de tantas civilizaciones que vimos pasar delante de los ojos. El viejo amigo ha vuelto. Le hemos estrechado la mano y le hemos mirado a los ojos. Le hemos dado de beber y hemos colmado su apetito. Que no le falte de nada. Le hemos abierto las puertas de nuestra casa y vamos a agasajarle cómo se merece. El viejo amigo se sienta otra vez a nuestro lado junto al fuego. Trae con él viejas historias que nos hablan de estos últimos meses terribles, cuando la desesperanza se nos metió hasta los tuétanos. Viejos cuentos que todavía nos hielan el ánimo al recordarlos. Viejas canciones que hacen que otra vez se nos salten las lágrimas. Pero el viejo amigo ha vuelto. El Sol está otra vez entre nosotros, podemos llamarle camarada, como habría hecho Alberti. Quieran los cielos que de su mano llegue, de una puñetera vez, la primavera. Y a celebrar la vida. Con un par.

Manuel de la Fuente/abc.es

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