Dialogos inmortales

Dialogos inmortales

Tomamos dos Marys.
—¿Te gusta que te la chupen? —me preguntó Tanya.
—Depende. Algunas lo hacen bien, la mayoría no.
—¿Te has encontrado alguna vez amigos aquí?
—Justamente hace poco, en la carrera anterior.
—¿Una mujer?
—No, un tío, un empleado de correos. Aunque la verdad es que no tengo amigos.
—Me tienes a mí.
—Cuarenta y cinco kilos de sexo rugiente.
—¿Es eso todo lo que ves en mí?
—Claro que no. También tienes esos enormes ojos.

 “Mujeres”

Luego apareció la enfermera jefe.
—Señor Bukowski —dijo—, no podemos darle a usted sangre. No tiene usted crédito de sangre —Sonrió. Venía a comunicarme que iban a dejar que me muriera.
—De acuerdo —dije.
—¿Quiere usted ver al sacerdote?
—¿Para qué?
—En su ficha de ingreso dice que es usted católico.
—Lo puse por poner algo.
—¿Por qué?
—Lo fui. Si pongo «ninguna religión» siempre hacen un montón de preguntas.

 “La máquina de follar”.

Pasamos una semana sin vernos. Entonces una tarde llegué a su casa y acabamos en la cama, besándonos. Lydia me apartó de un empujón.

—¿Tú no sabes nada acerca de las mujeres, verdad?
—¿Qué quieres decir?
—Lo que quiero decir es que puedo darme cuenta leyendo tus cuentos y poemas de que no sabes nada de las mujeres.
—Explícamelo mejor.
—Bien, quiero decir que para que un hombre me interese tiene que comerme el coño. ¿Has chupado alguna vez un coño?
—No.
—¿Tienes cincuenta años y nunca te has comido un coño?
—No.
—Es demasiado tarde.
—¿Por qué?
—A un perro viejo no se le pueden enseñar trucos nuevos.
—Claro que sí.
—No, es demasiado tarde para ti.
—Yo siempre he sido un aprendiz retrasado.

 “Mujeres”.

Charles Bukowski

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