Cuba y las lagrimas del mar

Al dolor de las damas de blanco, reprimidas hace días en La Habana.

Cuba y las lagrimas del mar

Isla que se asfixia por la opresión de un villano que además de longevo, maldita sea, tiene un hermano que por tener mejor salud, al frente del gobierno revolucionario lo ha “relevado”; sea cierto o simulado, la desdicha se ha prolongado, Raúl —del Comandante Fidel hermano—, amenaza con vivir tanto o más que el barbado tirano. El déspota mayor de la isla se ha apoderado y la mueve de las manos a la boca cual si estuviera fumándose un eterno habano. Tras cada golpe que inhala del duro tabaco arroja sobre la isla el humo turbio, viciado, aliento del opresor que a los cubanos ha vuelto en vez de ciudadanos, súbditos infrahumanos. En una dictadura no puede haber ciudadanos, hay criaturas “cívicamente” animadas, gobernados con dueño y rostros de garabato.

La infeliz isla marchita se viene deshidratando, lo triste y lo grave es que eso le ocurra a un paraíso de agua rodeado, de agua salada, claro, como no puede haber de otra, la que forma gota a gota los océanos; agua que cual lluvia cae y luego se evapora en nubes que por el calor se desmoronan en un infinito ritual. Salinidad que confirma el transcurrir de millones de años, por eso el ph del mar es tan extraño, ya que también se ha mezclado con lágrimas vertidas por la doliente humanidad que sufre desde edades tempranas. Pienso en las damas de blanco recientemente acalladas en el centro de La Habana, sólo por marchar silentes exigiendo la libertad de unos presos de conciencia, casi nadie para ellas: sus esposos y/o su descendencia. Me imagino a Ramón López Velarde frente a su amada Fuensanta pidiéndole explicaciones de cómo y porqué se dice que: “… el mar puede ser menos hondo y menos grande que el pesar”.

Cuba, montículo de arena salada salpicada de palmeras agachadas, la poca agua dulce que ahí quedaba se ha ido agotando, agua dulce de la paciencia de un pueblo que de anemia de libertades se está disecando. Agua escasa por la explotación salvaje de la caña al vil esquema estaliniano que expulsa a sus campesinos al exilio forzoso y a la vez voluntario, gente que llora huyendo amontonada en balsas con dirección a Florida que sin embargo, naufragan en Guatemala. La caña que ahí se siembra es la más codiciada y de su fermento se extrae el ron más singular. Es desconcertante que en un amargo lugar se cultive el mejor azúcar que ha de servir para endulzar el paladar de los que con otras carencias y distintas penas viven en libertad.

Los supuestos héroes que derrocaron hace 50 años al canalla Batista por haber convertido a la isla, de los gringos un burdel, pronto la volvieron una esclava hambrienta que ahora se arrastra por motivos más humillantes a los que entonces la hicieron suculenta y coqueta. La causa marxista la conduce un régimen que es en el fondo proxeneta.

Francisco Javier Acuña/exonline.com.mx

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