Cronicas urbanas

Cronicas urbanas

Taxistas, lobos en la obscuridad

Están los taxistas honrados, eficientes y amables. Pocos. Es su deber. Y los mustios. Y los que, pantalones deportivos o cortos, camisetas sin mangas y pelambre al aire, suben el volumen de sus radios cuyas bocinas eructan estridencias. Ellos, mientras tanto, despiden tufos agrios. No diga algo. O espere las secuelas.

Y los de “sitio”.

En cualquier recodo.

—Súbale, éstos son seguros.

—¿Y los demás…?

O sea…

Silencio en la comarca.

Y viene el banderazo.

O navegar sin bandera.

Estás atrapado, pero “seguro”.

Y ahí andan.

Proliferan conductores groseros, pero “justos”; los guapachosos y merolicos, divididos en desiguales conductas: el pícaro que, el taxímetro alterado, entre risa y risa, multiplica el cobro; y los que, entre la extensa gama, acatan la tarifa oficial y, después de recibir el pago, frotan el escapulario que pende del espejo retrovisor.

En la Ciudad de México circulan 130 mil taxis. Tras el volante anda un buen número de choferes que alteran tarifas —tres quejas diarias, según voz oficial, pero una cifra negra repta a flor de asfalto—, sobre todo por las noches, cuando salen a cazar almas nocturnas que, ansiosas, buscan un servicio, y entonces aparecen ellos, garras y colmillos camuflados, lobos en la oscuridad.

Sucedió hace ocho días. Uno de tantos casos. El joven estaba en la esquina de avenida Chapultepec y la calle Versalles, colonia Juárez. Eran las 23:15. Hizo la señal. El taxi se detuvo. Lo abordó. Enfiló hacia el Centro de la ciudad. Calle Regina.

—Son 50 pesos —informó.

Una “dejada” cuya tarifa nocturna, habitualmente, oscila entre 20 y 25 pesos. El muchacho no dijo nada. Era el único billete que traía. Sintió terror. Ni un policía estaba a la vista. Como cuando, salidos de quién sabe de dónde, duplas, tríos o cuartetos de asaltantes peinan el área.

Y la mirada en el retrovisor.

Esa mirada.

De lobo en callejón.

Humberto Rios Navarrete/mileniodiario

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