Ay, qué dolor, El Bulli cierra

Ay, qué dolor, El Bulli cierra
HACE dos domingos dije aquí: «Por si fuera poca la crisis; por si fuera escaso el número de parados; por si fueran contadas las empresas que pegan el barquinazo y excepciones los negocios que cierran, como las desgracias nunca vienen solas, la triste noticia, que presagiaban los más pesimistas, acaba de confirmarse. Me aseguran, ay, que cuando salgan los carteles taurinos de la Feria de Abril, José Tomás no estará en ellos. Qué dolor más grande». Y como los duelos por Tomás con pan son menos, cuando llegara abril tenía pensado meterme en carretera y pegarme un homenaje de desagravio en El Bulli, pues sabrán que no hay nada que me guste más que una mamarrachez buenecita de la cocina de autor. Soy en esto como Belén Esteban con Andreíta: yo por la nueva cocina ¡ma-to! Nada me conmueve más que un plato cuadrado. Llego a un restaurante a que me tomen el pelo y me peguen la estocá y cuando me traen un plato cuadrado así de grande con una mierda de ración así de chica, hasta lloro de emoción.
Ya me barruntaba que las desgracias nunca vienen solas. Y tanto. Lo que nos faltaba era que El Bulli cerrara, y El Bulli va a cerrar. No como cierran los restaurantes del montón, porque sus dueños están asfixiados, mojamas de toda mojamez, tiesos a causa de los sueldos, los impuestos y la Seguridad Social, no. El Bulli muere, ay, pero de éxito. Don Fernando Adrián, su creador, se va a dedicar a la investigación (¡adiós, Alberto Einstein!), a ver cómo se le puede tomar el pelo todavía más a la gente a base de nitrógeno, tortilla desestructurada y reducción de baba de caracol con espuma de pochas empapochadas.
¿Qué va a ser de nosotros sin El Bulli? ¿Dónde voy a ir a que me atraquen por el procedimiento de la cocina de autor? ¿En qué lista de espera me van a apuntar? ¿Cómo van a tener los catalanes cuerpo ni ganas para pedir la independencia, si han cerrado El Bulli? ¿A quién van a imitar ahora los chuflas de los restaurantes con camareros vestidos de negro y los famosos platos cuadrados ante los que, como he dicho, muero? ¿Ha pensado acaso don Fernando Adrián cuántas fábricas de nitrógeno van a cerrar, cuando sus fogones dejen de consumir toneladas métricas del creativo gas? ¿Qué va a ser de la hispana hostelería, a Bulli cerrado? ¿O puede esto tener remedio? ¿Y si convencemos al Constitucional para que ni le riñan al pulpo del Estatuto Catalán, a cambio de que don Fernando Adrián mantenga abierto ese templo que es faro, luz y guía de nuestra cultura? Hombre, que cerrasen los comedores de Cáritas donde van los muertos de hambre tendría un pase, pero es inadmisible que clausuren aquel paraíso de la tomadura de pelo desestructurada.
Así que en materia de nueva cocina me voy a tener que conformar en lo sucesivo con la lectura de las obras completas del difunto chirigotero gaditano Agustín González «El Chimenea», verdadero inventor de todo eso con lo que El Bulli ha ganado fama mundial. El Chimenea inventó la tecnología de que se ha lucrado El Bulli, y nadie le ha reconocido derechos de autor ni pagado regalías. Inventó el ablandacoles, el partebabetas y el pelachícharos, nueva tecnología sin la que la cocina de don Fernando Adrián hubiera sido un mojón. De Agustín El Chimenea, rey del trabalenguas, es la fórmula magistral del primer plato de cocina de autor que se conoce: «Acetato con bicarbonato, pescuezo de pato, hueso de aceituna, a las 3, a las 2 y a la 1». Suyas son las primeras albóndigas cuadradas que hubo en el orbe católico, lástima que no registrara su Marca El Gorila, así como otros elementos imprescindibles para quedarse con el personal al adrianesco modo, a saber: cañamón del mojamaque, petrolín del arabesco, alfadaina, casquete agropecuario y fondillo apipirigañado. El Bulli, ay, ha muerto. ¡Viva Agustín El Chimenea, que no le quitaba la cartera a nadie!
Antonio Burgos/abc.es

La foto pertenece a Ana Zaragoza/http://www.anazaragozagarcia.com

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