Antes de la temporada de lluvias

Antes de la temporada de lluvias

Qué mal que no es temporada de lluvias porque siento como si lo fuera. Esta tarde salí del trabajo a buscar algo de comer y me fui brincando charcos, cuidándome los zapatos, esquivando las esquinas de los edificios porque esas cascadas amarillas tan percudidas me dan mala espina. (Lo único que les aprecio son las piedritas que arrastran desde los techos porque las acomodan como nidos de pájaro sobre las banquetas). Antes, por la mañana saqué el paraguas pensando que lo necesitaría, que encontraría la ciudad un poco más oscura. Nada. Me salí esperanzado en el olor de las calles mojadas, en el gris que empaña el fondo de la cuadra. Y nada. La lluvia no llega cuando debe. O se nos raciona con gotero de oftalmólogo para no emborracharnos de cosas buenas.

Me gustan los días de lluvia. Es figura recurrente para mí. Entiendo a aquellos que crecieron en una ciudad lluviosa; se ponen tristes, melancólicos. A mí, sin embargo, me dan ganas de salir a bañarme, de intentar colarme entre los goterones que anuncian un chubasco. Nadie puede: ¿cómo burlarlos? Quedas empapado. Entiendo que se pongan tristes en esta ciudad que me ha dado asilo durante más de 15 años, pero si vinieran del desierto, como yo, sabrían por qué a veces creo que tengo poder sobre las nubes. Tantas nubes no se gobiernan solas, digo, y les ordeno que llueva. Me doy cuenta así que no tengo tal poder. No importa. Que llueva cuando quiera, pero que llueva. Yo estoy esperando.

¿Han visto una simona? En algunas regiones de los desiertos del norte llamamos simonas a las tormentas de arena. Viene de “simún”, ese viento malcriado e insolente que azota tierras árabes dejándolas estériles, desdichadas. Nuestras simonas son menos agresivas. Cuando era niño y veía a lo lejos las nubes de las simonas salía corriendo a casa por un trapo mojado; no podía respirar. Mi hermano me contó que mi madre me encerraba en un cuarto con trapos mojados. Asma, le llaman ahora; entonces no se tenía nombres para cosas raras. Asocio ese malestar, que ahora es nervioso, con las simonas. ¿Han visto una simona? Hermosas e imponentes. Como si un dios le diera una patada a la punta de un hoyo de hormigas negras, que son altos. Una pared de polvo persiguiendo a una ciudad; dense cuenta qué espectáculo. Y la ciudad sin poder moverse. Horas después, cuando la tolvanera ha pasado, hay que quitarse la tierra de las orejas y de los calzones aún si estuviste escondido. Con el tiempo ha crecido mi aprecio por las simonas. Huelen a casa, a cuando mamá paloteaba testales y una tortilla de harina chillaba en el comal por la presión del mantel. Huele a frijoles caldosos y al arroz del mediodía, que recalentado se convierte en pan de cielo.

(Mi editor me regaña porque escribo de más. El papel, por más ancho, tiene límites y no conoce, ni por un centímetro, el desenfreno. Pobre, glorioso papel.) (Apenas empezaba pero, bueno, termino:)

Qué mal que no es temporada de lluvias porque siento como si lo fuera. Hace semanas que dejé de contar los días, y me muevo despacio para no perturbarme el alma. Voy bien. No es como caminar bajo las gotas frías, aunque se siente más o menos ese alivio. Tomo las noticias del fin del mundo y limpio con ellas los vidrios para que cuando llegue el agua los encuentre cristalinos. Regreso festivo al cigarro sin pensar en mis pulmones y me encierro en casa para disfrutar los perros, la comida, la lectura.

Y mientras nos alcanza el día más terrible de todos, me ilusiono con que la lluvia nos sanará. Así paso las semanas sin darme cuenta. Así vivo estos días, antes de la llegada de un temporal.

La lluvia debe ser anestesia para los hombres como yo.

Alejandro Paez Varela/eluniversal.com.mx

Deja un comentario