Al filo del alba

Al filo del alba

Lo saben los optimistas: la noche es más negra al filo de los amaneceres. Al filo del alba, como sonsonete de mandolina cursi, parecería escucharse la voz que declara que a’i viene el Sol, en medio de ominosas tinieblas. Acostumbrado a navegar la madrugada, las horas del alba parecen un desconcierto; incluso las calles de la ciudad parecen confundir la identidad de sus fantasmas: circulan con la misma prisa quienes se apuran a terminar la juerga y quienes apenas empiezan una nueva e incierta jornada. Aunque casi nadie respeta los semáforos —y la mayoría de ellos siguen parpadeando una sincronía del vacío—, es difícil distinguir entre sobrios y ebrios, desmañanados o trasnochados. Es entonces la escenografía perfecta para estos días enrevesados.

Intento explicarme: en menos de veinticuatro horas la vista recorre paisajes nevados a veinte grados menos cero y la línea caliente del mar que azota palmeras a más de treinta y cuatro grados de calor; un político con cara de niño afirma públicamente que evitar decir la verdad no es mentir; un terremoto feroz en cercanas geografías globales no sirve para alertarnos del sismo que viene; la Ciudad de México adelanta su primavera con el renacimiento de jacarandas y Barcelona amanece bañada en nieve; un árbitro confunde los lados de la cancha y marca una falta al revés; se cede la tribuna al mudo y se celebra la presencia de un invisible; se glorifican las fotografías tomadas por un ciego y persiste la búsqueda de la impalpable escultura que sólo conocemos de oídas. Hablo de la oprobiosa cloaca de pedofilias y pederastias que se ha destapado en torno a sacerdotes y ministros que pretendían alcanzar la santidad, ejerciendo en realidad el apostolado criminal de sus propios demonios y hablo de la impunidad implacable del número creciente de asesinos a sueldo, criminales perfectamente organizados, decapitadores profesionales que nunca serán llevados a ningún tipo de justicia.

De madrugada he visto a un ciclista sin piernas (con un manubrio que integra el mecanismo de lo que fueron pedales para que avance al tiempo que navega entre sombras) y también he confirmado la sobrevivencia de ciertos pájaros, el imperio desconocido de miles de perros callejeros y el descaro de las ratas que rondan a risa suelta en tanto no empiecen los ruidos del tráfico y la humanidad. De madrugada se cultivan las dudas sobre la eternidad de las noches y la creencia imbatible en los poderes de los párrafos que leemos como pasaportes para el sueño. De madrugada parece inofensivo el humo de los cigarrillos y la claridad engañosa de las nubes que creían pasar desapercibidas por el cielo negro. Al filo del alba se escuchan los últimos gritos de una pareja desesperada y los noticieros reproducen entre cadenas interminables de anuncios publicitarios las mismas noticias de la noche anterior. De mañanita hay quien canta los buenos días como quien celebra un nuevo año de vida, en medio de la noche que acumula todos los días de su pasada biografía. Dicen que es aún nochecita las mujeres que se levantan temprano de sus camas para regar el tramo de calle que les queda enfrente de sus viviendas y le dicen también nochecita los que arrean costales de naranjas que se convertirán en jugo en cuanto hagan su mañanita los primeros viajeros del Metro.

Al otro lado del mundo, quienes viven ya sus mediodías quizá intuyan la madrugada al filo del alba que duerme la otra mitad del planeta… y así sucesivamente, se superponen los círculos concéntricos del tiempo, los giros que marcan los días, sumatoria de horas y minutos, o los meses que marcan los aros que tarda el planeta en rondar al Sol. Habría que agregar entonces los atardeceres emocionales que percibe uno mismo a deshoras, la noche del alma al mediodía, el amanecer despierto en medio de la noche, las ganas de llover bajo el Sol, el otoño de las canas, los inviernos recurrentes del alma.

Al filo del alba, vivo ahora las madrugadas no en busca de soluciones para el enigma o explicación para mis confusiones. Creo en la exploración improvisada tanto como en la cartografía fija de ciertas rutas, pero sobre todo me fío de raros ejemplos. Leo que Mary Josephine Ray, nacida el 17 de mayo de 1895 en Canadá, acaba de morir en un hogar para ancianos a la temprana edad de 114 años. Considerada la segunda persona más anciana del mundo, Mary Ray murió añorando a su esposo, único amor de su vida, adelantado hace cuarenta años y ahora deja en esta vida dos hijos, ocho nietos, trece bisnietos y cinco tataranietos.

Mary Ray nació mucho antes de que Henry Ford fabricara el primer automóvil, las grandes revoluciones, las terribles guerras del siglo XX y ni hablar del delirio de las telecomunicaciones, los hornos de microondas y el correo electrónico. Durante el siglo de su vida se mantuvo fiel a su afición por el beisbol y su equipo favorito de Boston le concedió el milagro en vida de ser campeón a pesar de largas décadas de derrotas garantizadas. Dicen que Mary Ray murió en domingo ya madrugada de un lunes, como quien se propone iniciar la semana con una frescura ya planificada durante décadas de anónimas rutinas: una partida de naipes dos veces por semana, el cuidado diario de lo que le iba quedando de su dentadura, el mismo paso lento de un cepillo por su cabellera, los intocables rituales para convivir con los demás, eso que llaman gratitud y saber callarse ante necedades ajenas, esa sana distancia de las confusiones innecesarias, el evidente desasosiego que en nada tiene por qué afectar a los demás, el honroso anonimato con el que podemos soñar despiertos… al filo del alba, a solas y nunca mejor dicho, consigo mismo. Como el vaho que empaña el espejo con la primera bocanada o bostezo del día, en el íntimo instante callado con el que encaramos un nuevo día, sin saber o importar si ha de ser el último o el primero. Allí donde el día parece aún noche y todo vuelve a comenzar, aunque se perciban ganas de terminar lo que sea o, para no renegar de los enredos, concluir bien aunque sea un solo párrafo para que no digan que nunca empezamos algo. Quizá por eso Mary Ray murió con una sonrisa en los labios.

Jorge F. Hernandez/mileniodiario

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