EL SEÑOR Wagensberg desenfundó ayer un estoque en el Parlament para hacer palanca en el empeño de desterrar la tauromaquia de Cataluña. Y, de paso, se apañó la foto del día. Muy pinturerita la imagen del reputado científico con espadón como una sota. A ver si cuando enviemos otro giro postal de soldados a Afganistán ondean también un kalashnikov en el escaño para denunciar la excursión. Las guerras, esencialmente, nos acuñan como bárbaros sin excusa. Pero ese negocio es más delicado, claro. Aunque también lo deja todo lleno de sangre. De sangre de hombres, quiero decir.

El jaleo de los toros sí y los toros no es un debate que va de media ala. O sea, no es un debate, sino una querencia en tablas, en las del nacionalismo o el españolismo, ese postureo vitaminado de folclore. Uno, que no está ni en un asunto ni en el otro, sólo entiende esto como una escaramuza que menosprecia la capacidad de elección del ciudadano. Eso convierte este glasé de ideas contrarias en un bullebulle menguante. Eso y la aportación de Espido Freire al desplegar como argumento antitaurino que Hemingway veía este terruño como «un país exótico y primitivo que aprobaba la violencia». Qué quieres que te diga, Hemingway, en este tinglado, fue de oído y lo que le salió es una españolada de yanqui donde el animal no pasa de ninot mitológico. Una postal para garajistas de Illinois. Ortega, Lorca, Alberti, Gerardo Diego y Miguel Hernández, esos bárbaros, lo hicieron mejor. Asómate y verás. Gadafi también nos acusó de matar seis toros todas las tardes. Me acabo de acordar. Otro referente para el antitaurinismo. Todo vuestro.

A mí me gusta el toreo. Pero no defiendo aquí mi afición torcida porque es inexplicable -como tantas pasiones-. La vivo y disfruto solo. Lo que me alarma es la vocación prohibicionista de los políticos, su mentira disfrazada de verdad honrosa. En el Parlament denuncian la violencia, la muerte, el tizne del daño, el atalaje del drama en el ruedo… Todo eso. Pero todo eso está antes en la calle, perpetuo romance de lobos, aunque la politiquería prefiera no detenerse en ello a fondo. Cada mañana asistimos a un agravio nuevo, como el de la CEOE, por ejemplo, sondeando si conviene rapar a los jóvenes los derechos laborales. Es su forma de incentivar el empleo, porque así se fibrila España. Su España. Esa retórica parda sí que da miedo.

Pero lo de segar las corridas de toros no tiene hilatura. Sólo es un gañafón del nacionalismo hepático. Un pensamiento de alicate. Una idiotez que no nos hace más sofisticados, ni europeos, ni modernos. Porque eso se es de otro modo. Difícilmente prohibiendo.

Antonio Lucas/elmundo.es

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