Vicente Fernandez, vivo y en defensa de la ranchera clasica

Vicente Fernandez, vivo y en defensa de la ranchera clasica

Para que la ranchera mexicana permanezca pura y millones de personas en América Latina vivan y mueran con la certeza de que nadie puede cambiar esa música ni alterar la estructura de los mariachis, canta en México todos los días un hombre que se llama Vicente Fernández. Tiene 70 años y no se quiere bajar del caballo.

Está acuartelado. Con sus pistolones de utilería esta preparado para defender la ranchera clásica. La intocable, la dura, la sombría, la amorosa que le ha servido a la gente de su país para enamorarse y para cantarle a las camas de piedra, a las cananas, a los sarapes, a la vida y, sobretodo, a la muerte.

Ahí esta Chente Fernández, que nació en Huentitán el Alto, Jalisco, con la pechera de su traje de charro acribillado por condecoraciones y medallas como si fuera un general o un dictador de aquellas tierras. Con sus premios Grammys, una estrella de plata con su nombre en Hollywood, el récord de reunir a 50.000 admiradores en la Plaza de México y a más de 200.000 en el Zócalo, el año pasado.

Algunos críticos lo ven como un tipo pasado de moda, un poco cursilón, estancado en un estilo que dictó otra época. A otros les molesta que sea un empresario exitoso y tenga la propiedad de una enorme sala de conciertos a la que los mexicanos llama El Vicentódromo. Comentan que ya no es el mismo que vendía dulces en los ranchos y limpiaba pisos y automóviles. Lo acusan de dejar en el abandono los platos que tenía que fregar para pagarse la comida y los cajones de limpiabotas que cargaba para buscarse unos pesos, una lana como le gusta decir al cantante.

Y es verdad. Vicente Fernández no es el mismo que cuando ejercía esos oficios. Hoy tiene 80 discos y ha vendido 50 millones de copias. Ha hecho una veintena de películas.

Es la voz de las mejores canciones de Agustín Lara y de José Alfredo Jiménez y entre los himnos de su feligresía dispersa están piezas como Volver, volver, Las llaves de mi alma y Cruz de olvido.

A veces se siente solo porque los promotores tienen la tendencia a jugársela con los ritmos nuevos y a olvidar la música vernácula. Vicente Fernández puede sentir la soledad, pero no tiene miedo. Sigue con sus entradas triunfales a caballo en los escenarios. El sombrero en la mano y la ranchera en lo alto de la noche de México porque él quiere vivir y está seguro de que el día que deje de cantar se muere de tristeza.

Raul Rivero/elmundo.es

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