—(Un parentesis)—

---(Un parentesis)---

¿Por qué no retomamos este país? ¿Qué le parece si salimos a sus caminos, carreteras y aeropuertos; si nos vamos a sus montes y abrimos sus pueblos? ¿Qué tal si una mañana ponemos un pie en la banqueta y marcamos el paso como cuando estábamos en la primaria: uno, dos, uno, dos. Y no decimos “alto ya” sino “adelante”, y tomamos lo que es nuestro, y pedimos a la señora que nos fíe unos bolis y unos churros torcidos rellenos de cajeta para agarrar fuerza?

Dígame que es buena idea. Créame ciegamente. Sáquese la pereza, el miedo, la angustia, el sinsabor, el luto, la tristeza, la melancolía, los reclamos. Quítese de en medio y hágase a la orilla o hágase para en medio y abandone la orilla, y diga: “¡El último en llegar es un bruto!” Tómese este sol y un caldo de entrañas de pollo. Exponga la panza en la plaza más pública y límpiele los mocos a los hijos de sus vecinos. Abrace a cualquiera en el metro, en el camión, en la rutera, en el pesero; cómprele un boleto de lotería a la señora en la cantina y déjeselo, con ganas de que sea el premiado. Salude el vientre de cada valle, déle una mordida a los algodones del cielo; téjase un chal, una bufanda con espuma de estos océanos.

(<— ¿Qué tal si le abro un paréntesis aquí para irnos a dormir de la mano, para guardarnos bajo sábanas; y lo cierro adelante para que nadie nos despierte? —>) ¿Qué tal si abrimos un paréntesis entre todos y no lo volvemos a cerrar, y en ese paréntesis permanentemente abierto vivimos en paz? ¿Qué tal si dentro de éste paréntesis defendemos la idea de México y nos dedicamos a recomenzar, a disfrutar del arduo trabajo de imaginar el fin de las hostilidades? ¿Qué me dice usted en voz baja, soldador de fierros? ¿Qué murmuran, carniceros, en la intimidad del frigorífico? ¿Qué masculla aquél cuando arrastra una pala, cuando empuja un taladro? ¿Qué se atreve usted a sollozar, doliente, amenazado? Vénganse. Sumémonos a un mismo rojo-labios, a un mismo rosa-corazón, a un mismo puño, a un mismo chorro de agua cayendo sobre la piedra.

¿Por qué no salimos de vez en cuando a romper huelgas y a armar otras (a voluntad) que sean inquebrantables? ¿Por qué no nos inventamos sindicatos que sirvan, políticos que no roben, elecciones sin fraudes, gobiernos sin mentiras, funcionarios eficientes, líderes morales, más maestros, más médicos y más de lo más bueno, que realmente sirva? ¿Por qué no intentamos darnos empleo unos a otros como cuidadores de unos y de otros? ¿Por qué no respiramos el aire del que está a un lado y lo pedimos así: “¿Me permite respirar su aire porque tengo mucho aire para compartirle”?

Dígame que es buena idea. Dígame que usted y yo sabemos en dónde están nuestros enemigos, y que ninguno duerme en la casa de al lado. Confírmeme que extraña, como yo, los días en los que se podía confiar una bola de helado al sol. Sírvame de espejo. Muéstreme que es posible esconder las balas y la pólvora. Tómeme la mano y enséñeme el camino a la montaña, al desierto y a las sierras, allá en los rincones de este gran país donde escondemos a los muchos miserables. Invitémoslos. Ofrezcámosles la espalda, el hombro, la mano.

¿Por qué no retomamos este país? Salgamos a sus caminos, a sus puentes, a sus carreteras y a sus aeropuertos; a sus montes, a sus pueblos. Expulsemos a los infiltrados que nos secuestran en nuestras propias casas, todos con la misma firma, todos con el mismo rostro, todos iguales: mentirosos y corruptos: políticos, policías, narcos, líderes sindicales, sátrapas sin compromiso, mantenidos, buenos para nada (y aquí abro un espacio para que usted le agregue: ____________).

¿Qué tal si todos ustedes abren un paréntesis —>(Un paréntesis)<— para encerrar a los que hemos perdido la esperanza?

(Un hombre agotado y sin sueño, ya lo sé, vive sus pesadillas despierto). (Tómame la mano, anda. Llévame a dormir. Este hermoso país me cansa).

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