Secadero de jamones

Secadero de jamones

Dice mi amigo pintor que el negocio del arte le debe su prosperidad al dinero que sus promotores invierten en publicitarlo y que muchas obras que se aplauden por sus tonos desvaídos o sombríos fueron originalmente pintadas con colores muy vivos, casi hawaianos, que luego se han ido deteriorando con el paso del tiempo, de modo que muchos de esos famosos cuadros pierden buena parte de su significado oficial y de su valor económico cuando les pone la mano encima el restaurador. Mi amigo pintor sabe muy bien de qué diablos está hablando. En una visita a su estudio me dijo: «Jamás expongo trabajos recién realizados. No soy idiota; sé que la obra pictórica mejora cuando la empieza a deteriorar el abandono». Y me explicó que el acueducto de Segovia se considera arte a partir del momento en el que deja de ser moderno, pierde utilidad y ya no se le puede asociar a la fontanería. Fue en ese pintor en quien se inspiró aquel tipo del «Savoy» que aseguraba que la mayor parte del arte pictórico de vanguardia cobra todo su sentido cuando el tipo que lo compra lo hace con la plena seguridad de que fue pintado pensando en que alguien los colgaría dentro de un cajón; el mismo tipo que una madrugada me comentó durante una cena con Chester Newman que los amigos que visitaban su casa en Brooklyn le avisaron de que un cuadro como el que colgaba desde hacía meses en su salón lo habían visto docenas de veces repetido sobre la arena cada vez que los bañistas de Coney Island se levantaban de sus toallas de baño. El pintor cambadés Lino Silva lleva una vida casi de ermitaño y desempeña su actividad artística de espaldas al mercado. Como no quiere que nadie le eche una mano, a sus amigos periodistas nos avisa de sus exposiciones sólo con motivo de su clausura. Tomando copas  una madrugada en Compostela, me dijo: «Esto del Arte es muy subjetivo. Tratándose de pintura abstracta, la cosa se complica, no sólo porque al admirar un cuadro te cueste saber si está del derecho; también porque muchos espectadores se preguntan con razón no sólo el precio que tendrán que pagar por él, sino cuanto dinero les va a costar borrarlo». Lino desprecia el mercado y amontona su obra, como alguien que malgastase el fugaz talento del Arte en la rutina de administrar un secadero de jamones.

Deja un comentario