Orgullos y verguenzas

Orgullos y verguenzas

De nada me sirvió señalar: “No deberíamos sentir orgullo de lo que no logramos, ni vergüenza de lo que no somos responsables”. Algunos lectores me acusan de avergonzarme de ser mexicano y me envían a Suecia o me ofrecen listados de personajes admirables, algunos con la medianía del músico Bernal Jiménez, yo habría dicho Manuel M. Ponce, Carlos Chávez o Revueltas. Pero sin duda tenemos a Sor Juana y a Juan Ruiz de Alarcón, a la altura de su época de oro; a la generación completa de la Reforma, que intentó traer a México la Ilustración y el liberalismo. Luego, en el siglo XX, un buen ramillete en las artes, literatura, pintura, música y arquitectura.

No supera lo que otra veintena de países podría oponer; pero, sobre todo, no son logros míos y, no pocas veces, ni de México, sino a pesar de México. Falso que tengamos un Nobel de Química: fue para Estados Unidos.

Cambiemos la propaganda sobre el “orgullo de ser mexicano” y pongámosla en alemán. El mundo clamaría al cielo ante una campaña pública sobre “el orgullo de ser alemán”. Y eso que resulta imposible mejorarles su listado de músicos, científicos, matemáticos, escritores, filósofos, o su cultura urbana. Si la muy excelsa Universidad de Heidelberg ostentara el lema “Por mi raza hablará el espíritu”, aplaudiríamos al que le arrojara pintura; diríamos, con razón, que es racista. El tema, sin duda, llegaría a la ONU y sería motivo de condena internacional a Alemania. ¿Por qué hacemos a otros lo que no queremos que nos hagan?

Así pues enlisto algunos motivos de orgullo y vergüenza de los que sí me siento responsable.

Mi trabajo en divulgación de la ciencia podría ser mejor. “Sólo traduce artículos de gringos”, dice un lector. ¿Qué se puede responder? No, no trabajo en conseguir fusión de hidrógeno, como debería estar haciendo, pero además de encontrar la nota (y Science me cuesta mucho dinero) y traducirla, explico: por ejemplo que la implosión ocurre también en las supernovas y deja una estrella de neutrones. Eso no estaba. Como tampoco qué son el deuterio y el tritio, qué un neutrón y un isótopo: los científicos escriben para sus iguales y no explican lo sabido, lo hago yo. Sé, con satisfacción, que hay al menos un físico que estudió esa carrera luego de leer mi historia de la cuántica (libro agotado).

Me avergüenza recordar, como buen obsesivo, que al recibir mi premio de periodismo por divulgación de ciencia, dejé a un miembro del jurado con la mano tendida, como me señaló mi amigo al sentarme: iba muy nervioso porque soy antisocial y el premio lo entregaba Cuauhtémoc Cárdenas, cuyo gobierno en el DF era una decepción.

Me avergüenza haber sido fundador y copropietario de La Jornada, que es ahora lo que es. Me avergüenza el sindicato de la UNAM que con tantos amigos ayudé a fundar. Me avergüenza el PRD, cuyos ancestros contaron con mi participación. Me avergüenza mi defensa, juvenil e ignorante, del monstruoso régimen castrista y del ignominioso Muro de Berlín; pero al menos ésta ya la pagué, y con lágrimas, y le arranqué a golpe de marro y cincel un pedacito que aún guardo.

Me da orgullo haber sido de los pocos que no dudamos ante el Chávez de Tabasco y haberle quitado algunos votos de los muy pocos con que perdió.

Me avergüenza mi incapacidad para hacer política y tener sólo opiniones y no riendas para hacer de México un país con un sistema de justicia eficaz, una hacienda con buena recaudación y un sistema de investigación científica sólido que nos inserte en el mundo; no ser el equivalente, salvo mi apellido González, del estadista que hizo de España un país moderno. Me avergüenzan errores y descuidos evitables al escribir. Agradezco a Juan José Doñán el informe sobre iconografía de Hidalgo anterior al óleo encomendado por Maximiliano. Perdón.

Tampoco entiendo las marchas por el “orgullo gay”, ni me avergüenza mi orientación sexual. Creo que hago más con una novela como la reciente El sol de la tarde, mi versión del desencanto en mi generación, con su historia de amor entre dos militantes de izquierda, que con marchas y grititos: no me siento para nada identificado con las lentejuelas. Creo que más adolescentes se han sentido confirmados en su orientación al leerme que al ver pasar desfiguros que, la mera verdad, sí me dan vergüenza. He evitado más suicidios de indecisos con ensayos como La orientación sexual y novelas como Cielo de Invierno que marchando con tetas falsas y botas de tacón aguja. (mileniodiario)

www.luisgonzalezdealba.com

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