Microfono

Microfono

Los políticos hablan, hablan, hablan, siempre a través de un micrófono. También los intelectuales, los escritores y periodistas expresan sus opiniones en charlas, conferencias y tertulias, siempre a través de un micrófono. Prendido en la solapa o plantado en la mesa, el micrófono se halla a menos de un palmo del corazón o del cerebro del político, del intelectual y del periodista. Ignoro si la naturaleza del micrófono influye en el modo sentir y de pensar de quien en ese momento suelta una retahíla de palabras por la boca. La cuestión es quién excita a quién. Cuando ambos entran en acción, normalmente es el micrófono el que suele marcar la pauta al cerebro y le impone una ideología, porque es el propio aparato ya en sí mismo una forma de pasión o de pensamiento manipulado a distancia por el que manda. Cada micrófono tiene detrás un propietario, un partido político, una iglesia, un grupo de comunicación, una editorial, una clientela, una empresa que paga. Pero basta con que un político crea que el micrófono está apagado para que deje de ser previsible, falso y relamido y llame hijoputa a un correligionario. Ésa es la verdad inalámbrica, la única que merece ser atendida y respetada, porque es realmente lo que siente o piensa quien la emite. De hecho el parlamentarismo real de los últimos tiempos puede resumirse en la expresión espontánea ¡manda huevos!, cazada al presidente del congreso de los diputados, con la que pasará a la historia. Del mismo modo todo el combate agónico contra la democracia durante la transición se reduce al alarido de mando, al suelo, al suelo, que pronunció un milico pistola en mano, con la guerrera desabrochada. Sucede lo mismo con los intelectuales, escritores y periodistas. “¿qué opina usted? Lo mismo que el micrófono”. Pero en cuanto termina la mesa redonda, bajan del estrado, se relajan, se aflojan la corbata y si un amigo se acerca a saludarlos, se expresan con absoluta sinceridad, muchas veces contra la idea que acaban de defender en público. “bueno, esto ha sido un embarque, yo sólo he venido aquí a levantar unos euros”, dicen los más cínicos. En el combate entre el micrófono y el cerebro, hoy la única verdad es la inalámbrica, la que siempre se produce con el micrófono apagado.

Manuel Vicent/elpais.es

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