Lecciones para Canales

Lecciones para Canales

Igual que una liebre que se hubiera quedado paralizada por las luces del coche que se le viniera encima, el Racing se dejó atropellar por el Barsa. Como incluso forzó sanciones para declarar que regalaba el partido del Nou Camp como quien sale con las manos en alto, puede decirse que el Racing es el primer equipo del campeonato que ni siquiera intenta luchar contra la implacable jerarquía de esta Liga bicéfala. Tiene lógica. Pero, la próxima vez, que envíen un telegrama excusándose. Así no causarán molestias tales como exponer al frío a un público poco compensado por un simulacro, hacer gasto de luz con los focos y, sobre todo, someter al joven Canales a una de esas sesiones de ruido y furia con que le están adelantando la pérdida de la inocencia, entre elogios y niñas en flor, desde que fichó por el Real Madrid. Canales aún permanecerá un tiempo en esa Comarca del Norte en la que ser hobbit sin soportar el peso de un anillo, o de un escudo exigente. Pero, mientras tanto, además de para templar el carácter, todo ese odio que está recibiendo, como si quisieran asfixiarle en la cuna, por el solo hecho de haber firmado un compromiso de futuro le servirá para comprender cuán importante es el club en el que jugará. No es nada personal, chaval: te putean porque ya ven en ti una encarnación del Real Madrid con invitación cursada para ser alguien en el porvenir. Es el odio a Cristiano Ronaldo en modalidad preventiva.

Algún día, llegado a Chamartín, Canales conocerá otros perjuicios de la grandeza relacionados con la presión, con la minuciosa picota periodística, con la impaciencia alrededor de una institución que parece haber apostado un siglo largo de pedigrí en cada partido, en cada derrota. De esto ya sabe mucho Pelligrini, a quien la bullanga pilla más o menos acorazado por esa corteza que da la experiencia. El Real Madrid perdió en Lyon, cierto, un partido, ni siquiera una eliminatoria. Es verdad que jugó pésimo, y que la inclusión de Diarrá no fue precisamente un síntoma de bravura ni de voluntad dominante. El Real Madrid aplaza esa inversión de tendencias que desde hace varias temporadas lo tiene convertido en Europa en un equipo menor. Pero acaso sólo falte algo de tiempo. Y, mientras tanto, los diarios deportivos de Madrid, en una maniobra desestabilizadora que parece más propia de Sport que de Marca, ya han permitido que por sus portadas desfilen entrenadores alternativos, algunos tan espantosos como Mourinho, contribuyendo así a una sensación prematura de final de ciclo, de gatillazo.

Uno sigue creyendo que Pellegrini es un buen entrenador. Que ha moldeado un equipo con empaque táctico, con buena disposición, con solvencia en defensa, que quiere la pelota y siempre lleva el partido a las cercanías del área rival. Podría ser más ancho y atascarse menos, pero eso se antoja un detalle. Podría haber dado ya el paso hacia la grandeza, pero para ello falta algo de lo que no tiene culpa Pellegrini: que funcionen los tíos en los que se ha invertido cientos de millones de euros para que ganen los partidos mientras los compañeros trabajan en la brega. Cristiano es un agitador y un impacto permanente, pero no ha tenido continuidad entre lesiones y autoexpulsiones. A Kaká, al menos hasta el doblete de ayer, era para darlo por perdido. Y con Benzema, de momento, hay que contentarse con que aprenda a sacar el coche del garaje sin chocarlo con un árbol. En sus victorias, las más de las veces, el Real Madrid está viviendo de jugadores que ya estaban aquí: el Guti del taconazo, el Higuaín de los días buenos. Pero, para el periodismo, es más fácil ensañarse con Pellegrini que molestar al Ser Supremo diagnosticando que el problema del Real Madrid es que están fracasando los fichajes de Florentino, que otra vez, como en su primer mandato -tres títulos importantes de 18 posibles, tres años secos-, el modelo galáctico no es el camino del Madrí.

David Gistau

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