Hace un siglo que yo tuve una ilusion

Hace un siglo que yo tuve una ilusion

Cuando en una de sus tentaciones Jesús respondió que al César —cuya efigie estaba prensada en algunas de las monedas que entonces circulaban— había que darle lo que es del César y a Dios lo que le corresponde, no tenía idea de que estaba dando fundamento a la división de poderes y, sobre todo, a la urgencia del Estado laico que fuese capaz de poner a los rabinos, ayatollahs, curas, ministros y otros miembros de sus respetables comunidades lo más alejados posible de la toma de decisiones comunitarias.

Me acordé de ello porque la más hermosa moneda que en mi vida he visto es el centenario mexicano, que además de su belleza tiene la virtud —si se le puede llamar así— de influir con su peso en los mercados financieros, al menos los mexicanos.

Esa moneda se echó a rodar, creo que con retraso, para celebrar el inicio del movimiento de Independencia o su culminación, lo que se suceda primero como dicen las compañías de seguros, en el constante afán nuestro de las celebraciones.

En Mérida querida, una pobre imitación del parque en el Bosque de Chapultepec se ostenta en su frontispicio como el del centenario. Y así por la república entera. Creo que don Porfirio, cuando le daba por celebrar, eran fiestas de Apaseo del Grande.

El presidente Calderón se ha puesto a anunciar —antes de ir a reconocer la ineficiencia de su ejercicio— las fiestas del centenario y —don Porfirio le quedó corto— las del bicentenario: una secuela de fastos vacíos que no tiene nada que ver con el análisis de nuestro mundo —y sobre todo su futuro— a la luz de los héroes que —dicen— nos dieron Patria.

Honestamente, ¿qué es lo que vamos a celebrar?

Muy probablemente la paz siniestra de don Porfirio, que tuvo la visión de llevarnos de un país agrícola y explotado a uno semiurbano y explotado. Muy seguramente la de Miguel Alemán, que dio el tirón hasta llevarnos a Satélite y Acapulco el grande. Y lo sucesivo. El gran negocio de Cancún, al que hay que llevarle arena a carretadas porque sus playas son ficticias.

Los festejos del presidente Felipe Calderón alrededor del mono-bicentenario de nuestra nacionalidad son tan deleznables como su ejercicio.

El ejercicio de él, digo.

Felix Cortes Camarillo/mileniodiario

Deja un comentario