Google et al.

Google et al.

No sé cómo hemos podido vivir hasta hace poco sin Google. El motor de búsqueda por excelencia. El motor del mundo globalizado, googleadísimo. No puedo imaginármelo, y sufro al darme cuenta de las limitaciones de mi percepción. Soy incapaz de fantasear cómo, por todos los demonios, se pudo tomar Varsovia en enero de 1945 sin echar mano de Google para, por lo menos, encontrar las previsiones del tiempo. Cómo fue posible que Napoleón invadiera Rusia y ocupara Moscú sin «googlear» ni una sola vez el nombre de Rostopchín y ver los detalles que de él daba la Wikipedia. No me imagino ni por un segundo cómo se forjó la Revolución Francesa en 1789 (Marat, Robespierre… ésos sí que eran de izquierdas, oyes) si no tenían Google que les dijera que la mayoría de resultados indicaban una bancarrota del estado, ni blogueros jacobinos y girondinos que expresaran su malestar repitiendo –con profusión de faltas de ortografía para resaltar su ira e inconformismo–, que estaban hasta las pelucas de la situación. San Google, una araña web que todo lo toquetea con sus patitas electrónicas, expertas en obtener euros, dólares, rupias, «anything». Ideado por dos estudiantes de Stanford que ahora son podridamente ricos. Y que quieren más y más. Por ejemplo: Google quiere libros, ser el dueño de una gran biblioteca mundial, que piensa regalar, seguramente, a cambio de meter doblada una publicidad zafia y estúpida que aumentará su riqueza y su poder hasta la náusea. Mientras envía al mundo el mensaje «un libro no vale nada» (o sea: «la cultura es algo prescindible, un simple detrito anticuado»), Google continuará forrándose. Las operadoras telefónicas –pobrecitas, qué pena dan– empiezan a sentirse molestas porque Google «se aprovecha» de ellas, y junto al ministro Sebastián quieren cobrarle un «peaje». Mientras sociedades enteras se empobrecen a pasos agigantados, los colosos de las telecomunicaciones engordan como titánicos lechones artiodáctilos. Y se mosquean entre ellos. Los ingresos por publicidad en internet crecen. Qué mundo más raro éste Después De Google, amén…

Angela Vallvey/larazondigital

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